21/8/18

Descalabro


Tengo vértigo invertido: miedo a las bajuras.
Un paso más, una roca más, un poco más cerca del final de la montaña.
El paisaje está vivo y se desliza ante mis ojos. No sube, no baja, sólo cambia. Se hincha y se deshincha como un pulmón de granito y caliza. Repercutiendo en blandas oscilaciones que llegan hasta su ladera.
La montaña se olvida de sí, pierde conciencia de ella misma y nunca es la misma de antes.
Es para mí un reto y un deleite navegar con pies de aire a través de ese paisaje multiforme, de esas rocas blanditas de papiroflexia prismática. Cambia la luz y cambian los colores, cada sombra esconde un recoveco o un pilar.
Yo soy una cabra etérea.
Tengo cuernos grises que oscilan con el ulular del viento.
La montaña ondula y yo me doblo para parecerme a ella.
A veces me transpira y me cuelo por entre sus grietas. Acaricio su interior helado.
Mi nariz está fría y se ven las volutas de vapor que desprende.
El interior de la montaña es un glaciar que exuda nimbos de nieve virgen incluso en pleno agosto; que sangra manantiales de un agua fría y escurridiza. Un agua que da vida a quien la bebe y mata a quien la toca. Un agua que sabe bajar por los riscos por los que yo no sé subir. Que encuentra los caminos ocultos de la intimidad de la montaña. Y que fluye por la ladera, cambiando el paisaje, con grietas y meandros. Agotándola aquí e hinchándola allá. Dotándola de un movimiento, como si fuese un motor hidráulico.
Un movimiento del que ella misma se beneficia.
Alimenta burbujas de pasto que esconden agujeros inmensos.
Cubre de escarcha las zonas resbaladizas.
Da vida a los guijarros que huyen despavoridos de cualquier lugar en el que uno posa la mirada.
Hincha y deshincha la montaña, como un pistón imprevisible, colocando su copa en los lugares más inesperados.
Transforma los valles en pináculos y los montículos en cuevas oscuras.
Y en ese baile fluido de roca y agua, yo encuentro una ascensión respiratoria. Sin prisa pero sin pausa. Un impulso en cada sístole. Un rincón aéreo persiguiendo los últimos rayos del sol poniente, que sin respiración, ni frío, ni fluidez, avanza implacablemente hacia el otro lado del mundo. Huyendo su luz del valle, hacia la cumbre, donde no hay ni piedra, ni agua, ni hielo, ni noche. Donde no queda nada que respire.
Un lugar, que, con suerte, yo podré alcanzar finalmente y, por unas horas, hundir con fuerza mis cuernos de cabra.



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