21/7/17

Abdelkrin (y III)

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Yo no he sido siempre el esclavo que soy ahora, Paciano. De Troya a Bojack, he sido todo aquello en lo que alguien como yo puede convertirse. Fui un dios en el origen de los tiempos del hombre. Indomable y poderoso, de mí dependían el rayo y el viento. Mis pezuñas sobre el suelo hacían girar el mundo, y el mundo era yo. Yo era la guerra, la nobleza y el campo. Preciado, cuidado y lujoso. Ahora mi mayor poderío es ser la placa en la escudería de un ingenio mecánico-termodinámico. 

El poder es banal, las cimas son banales. El poder sólo es atractivo cuando no se tiene. Estas búsquedas banales tienen finales acordes. Alegóricamente acordes. El mundo ya no es lugar para dioses primitivos. No debería sorprender que quien lo ha podido todo por siempre, termine siendo arrastrado hacia la nada. Como un río interno inevitable, la corriente es un móvil inamovible, te erosiona y te arrastra. 

Lo natural es caer. Ser inmortal no te libra del resto de las leyes naturales.

He sido la pieza más táctica del ajedrez, decisivo en tantas batallas. Fui Bucéfalo y Babieca, Pegaso y Artax, endiosado y temible de nuevo al llegar a América — por mucho que digan los historiadores, la deidad nunca fue el jinete —. He sido el mismísimo motor del mundo. No recuerdo en qué momento empecé a estar abajo, en qué preciso instante dejé de ser fuerza de empuje y me convertí en arrastre. Mi elegía es bastarda, pues se sostiene en palabras de humo. Caballos con voz no hay dos, no hay dos.  

Quizá la locura lleva a la caída, quizá la caída a la locura. He conocido locos en la cumbre que han sabido mantenerse siempre ahí. Existen cuerdas flojas a todas las alturas, y yo esperaba caminar por todas ellas. Otros ya cayeron por aferrarse a su poderío, con toda la cordura y las normas de su estatus. Los hay que cayeron hacia arriba y también se perdieron en la nada. La ambición bien entendida lo quiere todo, tocar el cielo y arrastrarse por el suelo: todas las posibilidades, todos los grises. Vivir sólo la cima es tan pobre como vivir solo en el barro. El mundo ya no es un lugar para dioses primitivos. Aquellos que no supimos adaptarnos fuimos masticados por metal y gases tóxicos. 

Me dejé un poco de alma en cada proyecto, en cada persona, en cada cosa que intenté. Con el paso de los siglos, quizá me haya quedado sin ella, sin alma. Mi muerte es la vitalidad de los demás, o consumí toda mi llama echando fuego por los ojos. No es un mundo para dioses primitivos, los caballos de madera que una vez fueron sagrados ahora son juguetes para niños. No quiero ser una máquina. Es inane intentar exhumarse con recuerdos de glorias pasadas. Todos los recuerdos son una gloria pasada. 

El mundo es un polvo que nace y en polvo se convierte. El mundo es el polvo que nunca dejaré de morder.

Hoy mis ojos son neblinosos y casi ciegos, mi piel gris, enferma, medio desprovista de pelo. Esa sustancia pringosa y translúcida que cubre algunas partes de mi cuerpo. Ese olor fétido de mis entrañas. Tengo la imagen de un dios de la muerte, pero no soy siquiera el amo de mi trilla. Vomitaré moscas sobre mi rostro. Imposible volver atrás. Si me golpease una vez más el aire frío de las estepas, si ardiesen todos los carros de hierro y de madera, si la razón volviese a convertirse en misterio. Levantaría nubes de polvo con mis patas sin prótesis de hierro. Mi nombre sería impronunciable. Correría en todos los lugares al mismo tiempo.

Soy el caballo que muere en la escena doce, una sombra chinesca tras la cuarta pared. Soy lo que tú imaginas que sea. Hay una línea recta entre los sueños, el subconsciente, y el teatro. Hay cosas que necesitan de la fe humana para existir. Pero ya se ha inventado la cama para dormir con caballos. Ya nos han castrado las alas y el cuerno. Nos han barrido la magia. Nos han hecho pequeños y asequibles. Sustituibles. La escena doce se llama “Muerte de Abdelkrín”. Es el principio del fin, Paciano, después de nosotros nada volverá a ser lo mismo.

No soy una máquina.

No soy una máquina.

Pero un dios de la muerte también es un dios primitivo.

No soy una máquina. 




23/6/17

Nude

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No tengas grandes ideas, no van a suceder. A veces sueño más de la mano de tus palabras que lo que lo hago durmiendo. Espero de mis ambiciones que sean más grandes que yo. Todo es interesante y vacío. Estructuras enormes, pero huecas, cínicas, vacías de contenido. Todo se desdibuja cuando lo miras fijamente. Quisiera mostrar al mundo algo único y propio, no importa que sea bello o no, pero a veces siento que mi voz es humo. Quiero correr desnudo por el bosque, quiero respirar bajo el agua, quiero verme con los ojos de un pájaro.

Te pintas de blanco y te llenas de ruido, pero habrá algo que falte. Debo librarme de todo lo que no soy yo. De todas mis falsas concepciones sobre mí, que me ahogan en un capullo irrompible; de todas mis grandes ideas, arrancarlas como si fuesen papeles viejos de periódico. Desgajarme, separarme de la idealización que tengo de mí. Debajo de todas esas capas aún respiro. 

Ahora que lo has encontrado, se ha ido. Soñé con un enorme caballo de metal brillante y engranajes dorados. Tan lustroso y prístino por fuera, por dentro lleno de tubos rotos, suciedad, cables pelados, óxido y oscuridad. Un trabajo infinito de girar la manivela y tratar de alcanzar la zanahoria, la zanahoria siempre inalcanzable al otro extremo del palo. Hay quienes se olvidan de la zanahoria y solo usan el palo. Verás tus sueños convertidos en lanza astillada en tu pecho. La hermosa fachada con la que se viste el fracaso, cuanto más alto apuntas. Tan bello y tan podrido. Quizá aprendas algo de todo esto.

Ahora lo sientes, ahora no. Creo que existen canciones en ciertos momentos que pueden relacionarse con todo lo demás que te ocurre en la vida. Que vinculan contigo cada frase, cada nota. Habría jurado que todo esto tenía un significado recio e inamovible, como el lenguaje; que era sólido y autocomprensible. Que era seguro, que existía algo seguro y no era una ilusión.

Has descarrilado. La mirada hacia dentro, pero la vista en algún sitio fijo. Rompes el cascarón, y dentro hay otro cascarón, y dentro hay otro cascarón. Construir con los restos del naufragio y crear figuras de barro con las cenizas. Cada terremoto es más fuerte, pero menos impactante que el anterior. Condenados a mirarnos desde fuera, y saber que estás bien en cumpleaños y navidades. Con eso basta. 

Así que no tengas grandes ideas, no van a suceder. Encontrarse a uno mismo es en realidad una idea demasiado grande. Cuando quitas lo superfluo, quizá no haya nada debajo. Tú que querías vivir sin norte. Tú que querías encontrar sentido al significado. Temblaba desnudo en el suelo, débil y frío, respirando humo, pero sonreía.

Irás al infierno por todo lo que tu mente sucia está pensando. Pecas.



8/6/17

Abdelkrim (II)

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Paciano, me resulta curioso que alguien tan resolutivo como tú no haya tomado nunca la resolución de salir y ver el mundo. Que nunca te hayas alejado más de cincuenta kilómetros del punto donde estás parado ahora, mirándome. Me pregunto qué cara pondrías tú si vieses el mar, si conocieses que existe una extensión de agua que la vista no puede cubrir. Un agua que se levanta en olas sobre sí misma, que crece y decrece sin dejar de ser inmensa. Un agua que no sirve para beber ni para cultivar. Un agua que no sirve, Paciano, ojalá pudieses siquiera rozar con la intuición lo que eso significa. Si supieses lo que es un acantilado, mirar al abismo y sentir al mismo tiempo la atracción y el vértigo. Si supieses lo que es una jungla, un desierto, un glaciar…

Tu amigo Juan, el ludita, ha emigrado a la ciudad de las máquinas, a convivir con ellas y desangrarse con ellas. A engranarse con ellas y descarrillar con ellas. La rabia es más valiente que muchas razones. Y razones le faltan a tu corazón mordido, Paciano, en ti se juntan lo peor del humano y lo peor del perro. ¿Cómo llamas a algo que es triste y al mismo tiempo te enternece?

Aquí todo es estático. Las personas permanecen, las plantas permanecen, los animales permanecen. Le robáis el sentido a la simple idea de marcharse. No dejáis que un solo grano de trigo se escape a germinar fuera de vuestros dominios. Pero no te culpo, el hambre exige más cuidados que el cariño. No dejáis que un solo grano se escape a germinar fuera de vuestros estómagos. La miseria no es buena o mala consejera, la miseria no aconseja, solo deja un camino libre y destruye todos los demás. Para vosotros haya o no pan para hoy, siempre habrá hambre para mañana. Con los años uno entiende, uno deja de juzgar y empieza a entender que hay decisiones terribles que no hay más remedio que tomar, que no pueden ser de otra manera. Uno entiende, uno acepta.

A veces me fallan las fuerzas. En la era en la que me haces trabajar ni siquiera cambia el aire, sino que se vicia con cada exhalación, como si este lugar fuese una burbuja invernadero. Aquí hasta el viento permanece. En todo el tiempo que llevo aquí he dado más de diez millones de vueltas con la trilla alrededor de la era. La era tiene un radio de ocho metros. Piénsalo, Paciano, eso son trece vueltas alrededor del mundo. Pero aquí sigo, atado a tu grano y a tu trigo. Bebiendo los vientos, Paciano. Y tú, cuando perdiste la curiosidad dejaste de ser humano. Te convertiste en una bestia más tozuda que yo. Cuando te rendiste a la necesidad y la cambiaste por el virgencita que me quede como estoy. ¿Crees que el futuro es mejor o peor que el ahora? ¿Crees que tus hijos nacerán con el puño levantado?

Me fallan las fuerzas, Paciano. De nada sirve vivir eternamente en un lugar donde las opciones, de reducidas, son casi inexistentes. Toda eternidad es un infierno, pues el tiempo siempre es más ilimitado que las posibilidades. Llegará siempre un momento donde todo lo posible ya haya sido realizado y no haya más remedio que repetirlo todo una y otra vez; eternamente. Pero aquí, dando vueltas en la era, la paradoja se convierte en un esbozo de locura. Aquí la eternidad se alcanza a cada paso. A cada paso se vuelve a empezar, a repetir, a morir. A cada paso se acaba el mundo. Me fallan las fuerzas. Por primera vez, en miles de años, sé lo que es envejecer.