9/5/16

Esfera

1 comentarios

I.

Ella susurra algo sin levantar la vista del suelo. Lo dice en segunda persona, pero más bien parece que va dirigido a sí misma, y no se preocupa de que yo lo escuche o no; y yo, por mi parte, ya he desistido de buscar su mirada en mi pupila azul. Dejo que sus palabras resbalen sin más, hasta caer en el silencio hasta el suelo, como todas las demás. Nuestras dos dimensiones, la suya y la mía, rara vez consiguen tocarse y apenas se comunican por algunas chispitas boreales que logran saltar de la una a la otra y nos hacen levantar la cabeza como si se tratase de grandes acontecimientos.

Sería interesante realizar un análisis externo de nuestras dimensiones mentales, que son como burbujas aisladas, entre ellas y también bastante de la realidad, a la que solo bajamos ocasionalmente para comer algo y para comprobar que la casa está totalmente helada y eso nos hace acurrucarnos aún más, en nuestras mantas y en nuestras burbujas, como caracoles árticos.
En cualquier caso, es mi esfera la que más en contacto está con el mundo, pero lo hace de forma retrospectiva, alimentándose solo de lo que ya ha pasado, de lo que queda atrás y no puede cambiarse. El presente me atraviesa y solo deja algunos restos inconexos a su paso, de forma que soy como un pescador que deja su red extendida durante la noche. Y solo recupera, tiempo después, los pedazos de realidad que la mar se ha dejado descuidados. De este modo, lo veo todo como en una especie de niebla, un letargo palpable, y cada pensamiento mío tiene que atravesarla; la mayoría se pierden en su propio laberinto. Así que lo que llega hasta mi conciencia nunca son más que migajas. Soy un cuerpo contenido en un mundo con el que no puede implicarse.
La esfera de ella está mucho más alejada de todo, flota a lo lejos, casi invisible, huyendo disimuladamente de cualquier elemento que se le acerque, buscando con gestos una soledad que a veces niega con palabras. Quizá el único contacto permanente que tenga con algo sea a través de sus gatos. Por eso, cada vez que me voy de esa casa, le susurro a cada uno de ellos — especialmente al negro — que la cuiden mucho, porque sé que ellos lo harán infinitamente mejor que yo.

Quisiera ser capaz de ayudarla, de darle las palabras o gestos o guiños para que salga de esta. Pero tuve que acabar aceptando que no puedo, que no hay posibilidad de sacar a otro de las llamas, y que esta es su guerra y solo suya. Además ahora ni siquiera soy yo mismo; empantanado como estoy, las paso putas simplemente para ayudarme a mí. Me resigno a mirar desde mi esfera, tratar de atravesar toda la niebla que la empaña, y echar ligeros vistazos en la suya, que se hace un poco más opaca cuando piensa que la están observando.
Quiero tirar del carro por los dos. Sacarnos de ahí, sacarnos de nuestras esferas y del frío que te congela los pies. Sacar las garras y arrancar de cuajo las lianas de dolor que la atrapan y la ensimisman. Sin embargo, lo cierto es que estamos los dos sentados encima del carro, que se hunde lentamente en el fango, mientras miramos fascinados a las musarañas que corretean por las ramas de los árboles. Ojalá todo fuese más sencillo. Quiero librarla de su dolor, aun desestimando el mío, dispuesto a arrancarme un brazo para usarlo de manta y cubrirla contra el frío... y veo entonces que ella se aleja un poco más de mí, y eso hace que su puñal se hunda un poco más hondo y le crezcan puntas nuevas. Ojalá todo fuese más sencillo. Ojalá pudiese usar mordiscos y no palabras.

II.


Hay veces que ella consigue salir un poco más de su esfera y comenta algo para mí. Algo que sí quiere que yo escuche, y que exige una respuesta interesante. Pero para eso tendría que desempañar mis pensamientos, tendría que actuar en el presente desde mi esfera de pasado, y froto con todas mis energías para quitarle todo el vaho y todas las enredaderas que recubren mi mente. Pero es inútil, parece que mientras termino de limpiar una parte, la anterior ha vuelto a ensuciarse, y así jamás puedo ver el cuadro completo, me encierro en pequeñas ideas circulares que son como estribillos repetitivos de canciones idiotas. No soy capaz de desvelar más que pequeñas piezas, y mientras tanto la respuesta exige prontitud. Mi mente es una tortuga bicentenaria a la que le duele cada movimiento y le dan tirones las telarañas del cuello. Así que respondo lo primero que tengo a mano, la respuesta preprogramada y estúpida. Eso que he dicho no soy yo. W*Ella me mira por encima del hombro y me hace ver que no soy lo bastante inteligente para estar allí a su lado. Lo dice con un comentario al aire, casi casual, y no soy capaz de demostrarle lo contrario, con una mente que ahora va con muletas. Lo dejo correr mientras veo su rechazo en la mirada, y cómo se aleja de mi cuando todo lo que quería era tenerla un poco más cerca. Entrar en su esfera y podría olvidarme del resto del mundo. Me siento inútil si trato de explicar que no soy así, que es algo temporal, como un niño al que han pillado haciendo algo que parece malo, pero él sabe que no es a mala fe.
Lo dejo correr como si nada, como si no hubiese ocurrido o no me enterase de lo que acaba de pasar. Me resigno, me empequeñezco y de dejo caer un poco más dentro de mi esfera, más borroso que antes, más alejado. Todo es un círculo vicioso.

Y me doy cuenta de que ella es la única persona del mundo que consigue que a su lado encuentre una profundidad de la soledad que nunca había llegado a sentir estando literalmente solo.

Y solo me queda añorar. Añorarla a ella y añorarme a mí mismo. Porque cuando vives en el pasado y el mundo se mueve en el presente inmediato, lo único que te queda y es propiamente tuyo, es la añoranza.



Decido salir con la excusa de comprar. Algo de comida, cerveza, cosas ligeras. Fuera hace menos frío que dentro, al menos los rayos de sol tratan de hacer algo para calentarme. Me entretengo más de lo estrictamente necesario para fumar un cigarrillo. Liberar la ansiedad en cada calada. Respirar nicotina, humo puro, aire no intoxicado. Fumar también mata. Al volver, sólo me atrevo a besarla después de haber comido. Mis labios apenas rozan los suyos antes de que desaparezcan, de que vuelvan al aire, aire viciado de la habitación, de la calefacción que no calienta. Trato de imaginar que se aparta porque no le gusta el olor a cenicero de mi boca, pero no consigo engañarme. Sé que el creciente desapego que me profesa es mucho más profundo que eso. Sé que pronto abandonaré la casa y ella pondrá trancas a la puerta y no dejará que vuelva a entrar. Sé que es una decisión que ha tomado hace tiempo, el no volver a verme, y convierte mi estancia aquí en algo más ridículo si cabe. Es algo que jamás me dirá directamente, y sin embargo está escrito en todas partes, en las paredes, en el frío, en su mirada, en los gatos, en sus labios - sobre todo en sus labios -  y entre las palabras sordas que se arrastran por el suelo.

A veces un gato que se cuela entre los pies. Otras salen huyendo en cuanto hacen contacto visual. Allí todo es de color blanco, las paredes y nosotros. Ella dijo una vez que odiaba el blanco por ser el color que se identifica con la pureza, pero este no es ese blanco. Nuestro blanco es un blanco roto, blanco deshuesado, blanco grisáceo, blanco niebla. Es un blanco que se deshoja, como el moho que recubre las mandarinas.


12/4/16

Melomanía y cosas que no son melomanía

3 comentarios

Nunca he sido capaz de comprender la cadena de acontecimientos que acaba provocando todas esas cosas inexplicables que ocurren en los festivales de música, pero quizá sea mejor así. Para mí, solo existe un principio (asistir al festival) y una serie de posibles finales concatenados, a cual más estrambótico. Pero el camino, la lógica de la resolución que lleva del punto A al punto B, está siempre borrosa. Y me gusta más así.

Todo este proceso festivalero ha acabado adquiriendo tintes de ritual a través de las repeticiones de ciertos patrones. También creo que es una de estas cosas que cada persona experimenta a su manera. Me sigue flipando que dos personas que viven una misma experiencia tengan impresiones tan diversas y las historias que cuentan sean siempre distintas. En mi caso, el festival ha terminado por convertirse en una búsqueda inconsciente del caos, por oposición a la rutina diaria. Una válvula de escape necesaria que explota en el momento adecuado. La entropía que cobra vida propia y se apodera de la mía.
Sea cual sea el proceso, lo evidente es que el fondo viene derivado de la música. La música siempre está presente, como núcleo, como músculo, causa y consecuencia. Y nosotros somos sus hijos, sus marionetas. En los festivales prescindimos de la primera persona. Le donamos nuestros cuerpos a la música y nos convertimos en entes que orbitan unos alrededor de otros. Ni más ni menos.

La música está por todas partes, como un fluido que llena una cúpula. Nace en los escenarios, pero está también en el camping, en los caminos entre un lugar y otro. Algunas personas sacan sus instrumentos y tocan, otra gente canta a gritos... o te la susurra al oído. Está dentro de ti y no puedes elegir no sacarla. Y después, como un trueno, llega el movimiento. Bailar es una necesidad inapelable. Nuestros cuerpos se convierten en la onda de choque que retumba tras el relámpago. Sin expectativas ni disciplina, solo ritmo.

La música siempre ha estado presente, la diferencia en los festivales es que allí ella se permite estallar y ser completamente libre. Recuerdo la canción que sonaba de fondo cada una de las veces que me he enamorado, recuerdo todas las canciones con las que he llorado, qué canciones sonaban en mi cabeza en todos los momentos importantes de mi vida en los que no había música a mano. Mezclar todo eso, agitarlo y concentrarlo bajo las carpas es un cóctel irresistible. Sensaciones pulsantes y contradictorias. Algo sobrehumano, imposibilidad de controlar emociones ni comprenderlas. Se desata solo; durante tres días nos convertimos en todo aquello que podemos ser. Cuerpos que bailan, que ríen, que cantan, que beben, que desean, que follan, que fuman, que se desesperan, ondulan y explotan.

No entiendo la gente que sostiene que hace más de treinta años que ya no se hace buena música. Es gente sin oídos, gente que escucha sus prejuicios en vez del sonido y dejarse llevar por él. Aquí la música te transporta. No es una frase hecha, si te dejas llevar por ella, si de verdad eres capaz de abandonarte y ponerte en sus manos, comprobarás que ella es una diosa, y que mientras suena una canción puedes desplazarte a otro lugar, y encontrarte con otras personas.

Estás follando con una chica rubia de pelo corto con un temazo de guitarreo espídico de fondo, parpadeas, y al volver a mirar te encuentras con una morena con la cara llena de pequeñas pecas bajo una balada indie, y te corres del susto. Los festivales son también un Mullholand Drive sexual. No tiene sentido analizar nada desde un punto de vista racional. No entiendo cómo ocurren todas esas cosas, cómo salto de una situación a otra. Parece como si los intermedios se perdiesen entre el alcohol y el insomnio, creando una amalgama de pseudorecuerdos que perfectamente podrían ser sueños. Estás saltando y dándolo todo en un concierto de un cantante que ni conoces, y al segundo siguiente descubres que tú, que siempre has sido paradillo y reactivo a la hora de ligar, tienes la cabeza hundida en el escote de una desconocida, y sus manos te atrapan para que no puedas, para que no se te ocurra, salir de ahí.

Perdemos nuestros cuerpos al ritmo, perdemos nuestra voluntad en el ambiente y en los demás, perdemos nuestra consciencia al alcohol (el Jaggermaister es amor-odio hecho líquido), perdemos nuestros alientos en bocas ajenas. De eso va todo, de perdernos. Abandonamos nuestro yo en la bebida, en la fiesta, en la música y en la droga. No importa. Lo importante es que en ese momento dejas de ser tú, para pasar a poder ser cualquier cosa. A mí me gusta convertirme en fuego e ir contagiando mi llama a todo el que toco.

Estás bailando junto a las caras pálidas de tus amigos en un momento que puede estar entre las cuatro de la mañana y el amanecer, y cuando abres los ojos de repente, estás en tu tienda, sin saber cómo has llegado hasta allí. Y vuelves a abrir los ojos y descubres que en realidad no era tu tienda, y tratas de salir de ahí sin despertar a la extraña que duerme sobre tu brazo (que a su vez se ha dormido) ni al extraño que te abraza por detrás. Intentando hacer movimientos delicados e imperceptibles, que en realidad son tan torpes que por poco no desmontas la tienda al salir, y sin saber ya de quién es el sudor que te empapa todo el cuerpo.

Hay momentos que el cansancio es tan patente que te olvidas incluso de cómo pensar. Cuando eso me pasa, me vuelvo incapaz de fijar recuerdos sólidos. Toda mi memoria del festival suele quedar en una amalgama surrealista de flashes que no se ordenar en el tiempo y que muchas veces no coinciden con las fotos que veo dos días después. Sin embargo, la música sí prevalece. Como telón principal, como única cosa que sí ha sido segura.


La mayoría de mis revoluciones personales han empezado escuchando una canción. A veces malinterpretaba la letra, o no la entendía bien, por estar en otro idioma y me pasaba años con un significado interno de una canción que después descubría que era completamente distinto. Me he masturbado más veces escuchando voces femeninas que viendo vídeos porno. El amor correspondido es cuando escuchas una canción y parece que el artista la ha hecho solo para ti, entre todas las personas del mundo. Nunca he querido aprender a tocar un instrumento; siento que en el proceso, con el trabajo que conlleva, voy a mecanizar el la música y dejará de gustarme como ahora. La primera vez que me colé en un concierto fue con doce años; de algún modo, el segurata se creyó que yo era sobrino de la vocalista. Las sensaciones que me ha dado la música no puede corresponderlas ninguna otra cosa. Esa sensación de caída dentro de uno mismo y al mismo tiempo hacia fuera es superior al paracaidismo. Si todo el tiempo que me he pasado en mi cuarto tirado simplemente escuchando música, sin hacer nada más, lo hubiese invertido en estudios o en leer algo, hoy en día sería un hombre de provecho.



10/11/15

Ya no es junio

9 comentarios

Esta mañana había hormigas correteando dentro del tarro de azúcar que hay en la estantería de la cocina del trabajo. Lo bonito de que el tarro sea de plástico transparente es que puedo verlas revolverse excitadísimas de un lado a otro,  como si fuese una vitrina expuesta para los visitantes.  Subiéndose unas por encima de otras, por las paredes y boca abajo por la tapa.Para ellas debe ser como estar en el blanco paraíso de la glucosa sin fondo. La marmita de la cocaína eterna. Casi las veo sonreír y todo.
No toco nada. No podría interrumpirlas ahora. También es lo bonito de que a mí el café me guste sin azúcar. Me gusta dejar allí esa dosis de caos espontáneo y que florezca por sí sola. Me atrae el desorden, esa composición hormiguil que parece no tener pies ni cabeza, pero que no deja de ser una composición. Son como las lenguas de fuego en una hoguera, me podría pasar horas mirándolas. Además, sufro una satisfacción infantil cada vez que veo algo que no funciona en esta empresa, algún elemento fuera de lugar. Cualquier potencial aleteo de mariposa que pueda precipitar el edificio entero al polvo y la ruina.

Está finalizando agosto. El calor es insoportable. Y hace ya dos meses que no follo. Desde el día que Elena se marchó, concretamente. La búsqueda de un cuerpo que me caliente las sábanas ha pasado a uno de los últimos lugares en mi lista de prioridades. A veces hago amagos de intentarlo con alguna desconocida, pero pierdo el interés en la chica en cuestión rápidamente; en realidad ni siquiera llego a ganarlo del todo. Desde la marcha de Elena estoy en una especie de crisálida sexual y mi pene se ha convertido en algo accesorio, incluso castrable. El sexo ni me va ni me viene. Quizá sea esta manía de ir a tope cuando estoy con alguien, de dejarme llevar. Creo que no puedes estar demasiado tiempo con una persona sin empezar a fascinarte un poco por su mundo y su forma de pensar. Probablemente no puedo simplemente "estar" en la cama con alguien. Si la persona en sí es, además, interesante, caerás de alguna manera. Es inevitable. Es este ciclo de apegos-desapegos lo que me anula por temporadas y me hace no desear más sexo que el que tengo conmigo mismo.

Es una vez más. Las cosas pasan, el mundo gira, la vida sigue, y yo no voy detrás de ella. Yo sigo en el mismo punto haciendo las mismas cosas. Me despego un poco del mundo, como si fuese velcro, y sigo flotando junto a él, unido solamente a través de un ligerísimo hilo. Físicamente sigo aquí, pero es evidente que estoy en otra parte, y lo sabe la gente de mi alrededor, que tengo la atención dividida entre la realidad y un número indeterminado de inopias.
Estoy tecleando código fuente, y al mismo tiempo pensando en que con el calor de estos días, no me hace falta compañía para materializar la manida metáfora de las sábanas siempre empapadas en sudor. Y al mismo tiempo, trato de explicarle a mi cabezota que flotar no me excusa del mundo, y que es físicamente imposible viajar a base de pegar saltos y esperar que la tierra rote bajo mis pies.

Entonces se escucha un quejido en la cocina y cuando me acerco a mirar, hay un hombre vaciando el tarro de azúcar en la basura. Empieza a explicarme que las hormigas llevan todo el verano rondando por aquí, planificando la forma de entrar y comerse nuestro azúcar. Y yo me imagino a las pobres cayendo de sorpresa con todo su paraíso de azúcar en una trampa de plástico y nutritivos deshechos de la que no pueden salir. Me las imagino formando un cónclave y maquinando cómo piensan salir de ahí y fastidiarle la vida al hombre, recorrer su teclado para molestarle; hundirse maquiavélicamente en su taza de café y que solo las descubra cuando la haya acabado y se muera del asco; formar entre todas la figura de un corte de mangas sobre su pantalla del ordenador.

Vuelvo a mi sitio. Las horas se hacen largas y resbaladizas entre tecleos sin sentido; el calor pesa demasiado hasta para escribir una carta al otro lado de Europa.
Las máquinas zumban cuando por fin me toca recoger mis cosas, y me alejo con pies de pájaro bajo un sol que dobla el asfalto y silencia a las chicharras. Hay unos obreros muy valientes taladrando el suelo delante de la parada del autobús, y de los agujeros salen un montón de hormigas asustadas corriendo en círculos, y me pregunto si son las mismas del tarro de azúcar; si una excavadora puede llenar de bichos un azucarero a siete calles de distancia. Algo que para ellas tiene que ser como el otro lado del mundo, y seguro que hay mejores azucareros entre medias.
Y me pregunto entonces cómo fue posible que Elena cruzase un continente entero para acabar justamente junto a mí, con la cantidad de brazos y de camas que hay por el viejo mundo, cómo llegó a hacerse un ovillo precisamente en la mía, y a apoyar el tatuaje cuadrado de su espalda en mi pecho. Cómo con su frialdad aparente llegó a remover mi interior caótico y crear tempestades de tranquilidad y sentirme-bien. Cómo le dio por venir justamente a este lugar, a iluminarme con palabras y abrir mi cuerpo entrelazándolo con su desnudez, y ser capaz de toda la dulzura o la mayor lascivia. Cómo sustituyó la prisa y el ruido con erotismo y ternura. Y cómo hiciste tú para entrelazarte tanto con alguien con quien no querías hacerlo, porque sabías que se tenía que marchar de todos modos. Como fue el cúmulo de circunstancias que te llevó a disolverte en un abrazo en la puerta del aeropuerto Adolfo Suarez Madrid-Barajas y sentir que en ese momento te arrancaban algo y que todo el sentido de las cosas se acababa cuando ella entraba en el edificio con los ojos rojos. Pero cómo, idiota, te entrelazaste tanto, que ves unas hormigas y te acuerdas de ella, y te imaginas sus pecas sonriendo y pronunciando la palabra "hormiguitas" con su acento del este y su pronunciación de dibujo animado cuando aprende una nueva palabra en español. ¿Cómo?



21/10/15

Cuentagotas (le podría pasar a cualquiera)

8 comentarios

Un día llegué a mi casa del trabajo y descubrí que había una pequeña humedad entre el techo y la pared del fondo. Me sentí bastante contrariado, porque las humedades en techos y paredes son ese tipo de problemas que suelen acarrear grandes inversiones de tiempo y hablar con unas personas y otras para que lo solucionen. Normalmente procuro vivir de forma que mi relación con mi casera sea la mínima indispensable. Sé que Nines, a sus ochenta y pico años, es una experta en el arte de la dialéctica, y hasta la más inocente interacción con ella puede acabar convirtiéndose en un diálogo de besugos que puede extenderse durante horas. Pero dadas las circunstancias, no tuve más remedio que llamarla.

Sobreviví al primer lance con ella de forma bastante digna en un tiempo récord de diecisiete minutos, y con la misión de subir a ver a los vecinos de arriba para que tomasen medidas con su suelo que era mi techo; lo cual me pareció bastante razonable. Los de arriba me dijeron que no tenían intención de mover un dedo hasta que un perito no certificase que el origen de la humedad de mi techo era su suelo, lo cual también sonaba muy razonable. A partir de ese momento, se inició un juego de ping-pong en el que cada vez que llamaba a Nines, ella me insistía en la necesidad de volver a subir; mientras que los de arriba repetían que era mi casera quien tenía que llamar a su seguro. Los días pasaban; la humedad se iba haciendo más y más grande, y le crecían brazos grises por el techo de pintura blanca, y círculos amarillos por la pared de pintura blanca. Había subido y bajado las escaleras cien veces, pero la única resolución práctica que había tomado era retirar los libros de esa estantería. Por las noches, me sentía durmiendo en una cueva, o un almacén viejo que hace mucho que nadie visita.

Una semana después, al antes de salir al trabajo, me quedé un rato mirándola embobado, y pareció ser, creí encontrar, que los tonos grises del agua sobre la pintura blanca estaban formando la imagen de una cara, una cara gigantesca que ocuparía todo el techo, pero de la que de momento solo se había revelado una tercera parte. Estaba convencido de que el lugar donde se originó era la frente y ahora ya podía ver las cejas, el principio de la nariz, y un poco de flequillo. Aún nadie había avisado a ningún perito, ni fontanero ni pintor. Así que volví a llamar a mi casera y le expliqué que la gotera estaba creciendo, aunque decidí no mencionarle lo de la cara para que no se pensase cosas raras, y ella me contraatacó con una historia de su pueblo, de un granero que también tenía humedad y que ella se escondía allí para jugar al escondite, porque los niños de aquél entonces jugaban más y eran más sanos y felices. Cuando colgué, me di cuenta de que había perdido más de una hora y casi todas mis energías.

Al llegar esa noche a casa, la humedad había empezado a perfilar las pestañas. Me pregunté si frenaría cuando dibujase la cara entera, o si desearía también tener un cuerpo y acabaría durmiendo con una figura de humedad humanoide contorsionándose por mis paredes.

Dos días más tarde me desperté boca arriba y me encontré frente a frente con la mirada gris de la humedad. Me quedé allí tumbado durante varios minutos, mirándonos fijamente, casi sentía que estaba comunicándome con ella, como si sus ojos estuviesen vivos. Y descubrí que, en efecto, lo estaban. Me puse de pie sobre la cama, me subí a la mesa para verlo más de cerca, y, tal y como creía haber visto desde abajo, comprobé que habían nacido unos renacuajos que nadaban alegremente en círculos en el ojo derecho de la cara de mi humedad.

A partir de este momento, no permití entrar a nadie en mi cuarto, porque tenía miedo de que se asusten con la cara o se escandalicen con los renacuajos, y sobre todo me daba mucho miedo que viesen lo mal que estaba gestionando todo esto y me echen la bronca por no saber apretarle las tuercas a mi casera y hacer que llamase al seguro o llamarlo yo mismo, o hacer lo que sea que cualquier persona normal habría hecho en mi lugar.

Ha pasado un mes más. Mis compañeros de piso están tranquilos, les he dicho que ha quedado todo arreglado y, aunque no les he dejado entrar a mirar, han acabado por creérselo. Sigo sin permitir que nadie se acerque a mi habitación. Llamo a mi casera todas las semanas. Espero que algún día se le acaben las historias del pueblo, o los enfrentamientos con la casera de los de arriba. La humedad sigue creciendo, y ahora ya ha llegado casi al labio superior. Los renacuajos están bien, les han crecido patitas ya, y les falta poco para perder del todo la cola. Hace un par de semanas también empezaron a pasar por aquí algunas aves migratorias. Descansan boca abajo con las patas sumergidas en la humedad. Se alimentan de los juncos que crecen en el flequillo y las pestañas, o de las algas de la nariz. Después siguen su camino. Ayer llegó también una pareja de cisnes. Ahora sí que me da miedo avisar a alguien. Sé que cuando hay animales en la casa hay que seguir otro protocolo y pasar por el ayuntamiento, pero tendría que informar a Nines y me da miedo que todo eso haga aún más lento el proceso. Además, seguro que la buena señora empieza a divagar sobre una casa en la que vivió, donde se le alojó una familia de pterodáctilos. No quiero revivir más historias de su juventud. Cuando llegue el perito para ver humedad, que tendrá que venir, me dirá algo sobre las aves; diré que no me he dado cuenta hasta ahora e iniciará él todos los trámites necesarios, estoy convencido. Mientras tanto, la cara me da cada vez más miedo, a pesar de que su aspecto no es en absoluto amenazador. También tengo miedo de que un día haya demasiada agua en el techo, que acabe colapsando y mi cuarto se convierta en un monzón tropical. Necesito una respuesta de mi casera cuanto antes.

Tras otros dos meses, por fin ha llegado Nines acompañada de un perito del seguro. El tipo se ha pasado una mañana haciendo fotos, inspecciones y preguntas, y al final ha llamado a cuatro expertos vestidos con abrigos verdes. Entre todos han declarado la zona parque natural y reserva de especies protegidas. Me permiten seguir viviendo allí, pero me han reducido el espacio para la cama. Han quitado mi armario (por lo demás, inservible a causa del agua y una especie de termitas de las que se alimentan otras aves), y lo han sustituido por un nido de cigüeñas. No llego a un acuerdo con los castores acerca de la distribución de los demás muebles. Estoy obligado que esconderme bajo el edredón de camuflaje cuando se acercan turistas, y a no salir en ninguna foto. Mi casera me ha subido el alquiler, dice que por las maravillosas vistas. Además, se está planteando poner un puesto con barquitas para que los visitantes puedan dar paseos. Dice que el trámite será sencillo, que solo hay que mover un par de hilos aquí y allá, y que eso a ella se le da muy bien.




7/10/15

Dhvana

2 comentarios

Imagina una canción. No una canción cualquiera, sino tu canción. Una canción de las que son inmortales en tu imaginario, la canción que mejor te define. La canción que sonaba el día en el que te conociste y a la que siempre vuelves cuando te pierdes.  Imagina que acabas de ponértela en tus auriculares, y te cruzas con alguien que esté escuchando esa misma canción. Quizá andar juntos la mitad de la calle abajo, sin reparar el uno en el otro, quizá sentaros juntos en el metro, o esperar al lado una cola en el teatro. Y que no os deis cuenta ninguno de los dos. Imagina la cantidad de grandes momentos como este que pasan desapercibidos.Tal vez haya algo pueda ser intuido. Algo en la cadencia al caminar, un imperceptible tamborileo en los dedos, un ligero movimiento de cuello. Algo que causa una idea de probabilidad en el fondo de la mente, pero que se difumina a la hora de convertirlo en un concepto. La mente se pierde en la formulación de la casualidad. Una hermandad que podría haber sido invencible, se difumina antes de crearse. 

*

Existe un antiguo proverbio bereber que reza que, desde su nacimiento, la música jamás se ha interrumpido. La tradición literaria siempre ha interpretado que esta construcción se refiere a la música en general, al conjunto de la música universal. Tal afirmación ha sido comprobada como evidentemente cierta en numerosas ocasiones, al menos en lo que se refiere al periodo que abarca desde la finalización de la última glaciación hasta nuestros días, como llevan demostrando desde principios del siglo XIX numerosos expertos, entre los que destaca la figura de Adam Blër. Sin embargo el significado original de estas palabras es tan trascendental como desconocido para el público general: en este contexto, música no es un sustantivo universal, sino propio. Una traducción correcta debería llevar mayúsculas en Música. Pues en lo que aquí se refiere, la Música es una melodía, y una sola.

Rastrear los orígenes de la Música es harto complicado. Se sabe que es anterior a la escritura, y que en cierto momento tomó el nombre de Dhvana del sánscrito. Algunos afirman que nació de forma natural al mismo tiempo que la música, otros que la primera engendró la segunda, otros que es eterna. A la hora de hallar una cronología, nos dificulta mucho la casi total ausencia de registros. Las civilizaciones antiguas no eran capaces de entender todo su alcance, y las civilizaciones modernas están demasiado pobladas como para visualizarlo.

Una leyenda india vincula a Dhvana con la escritura de los Vedas. Un texto asirio la antepone a la caída de Nínive. Un relato cuenta que los mayas tenían un cántico grupal en algunas de sus ceremonias en las que trataban infructuosamente de reproducir la Melodía. Se cuenta que hubo un sacerdote que profetizó que, tras muchos intentos, llegaría el día en el que lograrían hacerlo, y entonces el dios Huracán bajaría de las estrellas y los llevaría a una nueva tierra ubicada encima del viento. Aquel sacerdote fue condenado por herejía, le cortaron ambas piernas y le arrojaron por un precipicio. Se cuenta que años después la Música volvió sonar en esa ciudad y al terminar todos sus habitantes salieron huyendo, salvo uno, que se quedó para señalar con escepticismo que los dioses eran poderosos y no se doblegaban ni siquiera ante la Melodía, y por su valentía fue erigido rey. Dos años más tarde fue asesinado por su propio hijo.
La historia de Dhvana está en algunas ocasiones ligada a la paz espiritual y la gloria, otras al caos, al crimen y a la autodestrucción. Muchas no deja ninguna huella visible a su paso. Se le ha intentado encontrar algún tipo de periodicidad o ciclo a sus apariciones. Los babilonios trataron de asociarla con los eclipses, los egipcios con los cometas, los jonios con el número pi. En algunas partes de Senegal se siguen fabricando máscaras destinadas a encerrar una parte de la Melodía dentro de ellas. En Indonesia, se han descubierto construcciones de piedra que pretendían tener la función mágica de invocarla.

*

Antes de salir, habíamos declarado de un modo unánime y bastante democrático que no estaba en nuestros planes que el viaje acabase convertido en un road trip. Ahora bien, tampoco habíamos establecido qué era lo que sí queríamos hacer. Antes de darnos cuenta, los planes habían hecho planes por sí mismos y allí estábamos; acabábamos de bajar el coche del ferry de Setubal y atravesábamos la carretera de Troia en dirección indeterminada, con las ventanillas bajadas, el viento en la cara y los pies descalzos. Inés, se afanaba con el dial de la radio, intentando encontrar la frecuencia de Smooth FM, Clara miraba por las ventanillas, o se ponía en el hueco entre los asientos delanteros y trataba de entablar conversación, aunque en ese momento Inés estaba demasiado ocupada con la frustración de no encontrar la emisora que quería, y yo demasiado pendiente del camino: sabía que estábamos en la carretera correcta, pero no tenía ni idea de si íbamos hacia el sur o hacia el norte.

  — ¿Puedes mirar el mapa a ver si encuentras una pista de dónde podemos estar?
  — Mira también a ver si dice algo sobre las emisoras...
  — Lo raro es ¿dónde se han metido todos los coches que salían del ferry?
  — Igual cuando nos acerquemos a una zona más civilizada volveremos a oírla...
  — En cualquier caso, si vamos mal, habrá un momento en el que nos encontremos otra vez en el estrecho. Damos la vuelta y punto..

Clara sonreía divertida. No sabíamos hacia dónde íbamos, ni dónde podríamos dormir esa noche. Le gustaba este pequeño caos controlado, y se sentía feliz navegándolo.

Dos horas después rodábamos a toda velocidad en una carretera estrecha y vacía hacia sur. Efectivamente habíamos empezado en la dirección incorrecta, pero lo habíamos solucionado mucho antes de llegar al estrecho, y desde entonces no habíamos vuelto a parar. Lo que al principio había sido una pequeña barra arenosa, con el estuario a un lado y una pequeña hilera de árboles al otro, tras los cuales se intuía el océano; se había ido ensanchando casi sin darnos cuenta. Ya no se veía agua a ninguno de los dos lados, solo árboles, pueblecillos, y explanadas arenosas. Buscábamos un alojamiento del que nos habían hablado, cercano a playa de Melides, que yo estaba convencido que no íbamos a encontrar. Las indicaciones que teníamos eran pésimas, y cuanto más las repetíamos, menos claras nos parecían. Empezaba a atardecer, y esperábamos que pronto la ausencia de sol acabase con el calor y dejase paso al agradable fresco oceánico. Inés no había encontrado la emisora y viajábamos sin música.
Entramos en un camino de cabras que esperábamos que fuese el bueno. Pero lo fuese o no, nuestro plan era llegar a la playa y ver el atardecer junto al océano. Si no encontrábamos allí la pensión de la que nos hablaron, dormiríamos en cualquier otro lado. Pasamos por delante de un cementerio. El coche levantaba por detrás una enorme nube rojiza de polvo, a pesar de que yo trataba de no ir muy rápido. El sol por delante iba ganando terreno hacia el horizonte. De vez en cuando encontrábamos algunas haciendas a ambos lados del camino. Parecía que la carretera no se acabaría nunca, pero de nuevo, en esa dirección estábamos obligados a llegar al mar. Fue justo después de que apareciese ante nuestros ojos la Lagoa de Melides cuando descubrimos una pensión junto al camino. Nunca llegamos a saber si era la que buscábamos o cualquier otra, pero nos alegramos de haber encontrado un lugar donde dormir. La pensión estaba regentada por unos argentinos muy amables. Les explicamos nuestra prisa por ver el atardecer, y nos dejaron depositar nuestras cosas en una pequeña habitación de colores estridentes que en el momento nos pareció bien. Después salimos de nuevo al camino.

La playa era enorme, y estaba medio vacía a esas horas. Tan solo había una pareja a más de cincuenta metros. La arena era gruesa y llena de pedacitos de conchas. Más adelante había una enorme barrera de ellas, que se extendía a lo largo de la costa e indicaba la línea de marea alta, y, tras ella, arena fina y húmeda. Tratamos de enterrar una botella de vino en este último tramo para que el mar la enfriase. De algún modo, el mar fue lo bastante respetuoso como para no llevársela. Nos hicimos fotos, dibujamos figuras en nuestras espaldas con las conchas, miramos el atardecer en silencio. Bebimos vino y hablamos de nosotros y nuestras dudas con respecto al mundo y al futuro, que eran básicamente las mismas habitando en cuerpos y circunstancias distintas. Cuando la botella se vació, decidimos que hacía demasiado frío para estar a gusto allí, y volvimos a la pensión.

Allí nos encontramos con un grupo de austriacos que también iban de viaje. Acabamos cenando y bebiendo con ellos en el jardín. Alguien sacó una guitarra y se pusieron a tocar. Los argentinos salieron y acompañaron con panderetas. Yo tenía la sensación de haber hecho amigos para toda la vida. Hacíamos música, fumábamos, charlábamos y compartíamos. Pasaron horas y la gente se iba a dormir. Al final, a parte de mí, solo quedaban Eric y Olga. Yo había permanecido despierto porque me fascinaba la mirada de ella, pero sospechaba que a ella le ocurría lo propio con él. Eric seguía tocando sin demasiadas ganas y el vino se había acabado. Fue entonces, con sus dedos jugueteando aleatoriamente en las cuerdas de la guitarra cuando sonó la Música. Con los primeros acordes, pegó un respingo asustado, pero supo mantener el tipo y seguir tocando. Meses después aprendería que esa es la reacción clásica cuando a alguien le Toca. Mientras Ella sonaba, no pudo oírse nada más. Escuchamos con fascinación, sabiendo que aquello era algo muy por encima de las ideas y las palabras. Sentimos cómo el sonido acariciaba nuestra piel y la besaba con sus pestañas, cómo envolvía nuestro corazón en seda y lo agasajaba con mimos, cómo erizaba nuestros pelos uno a uno.
Pasamos el resto de la noche en silencio, sin movernos, tratando de digerir lo que acababa de pasar. Cuando desperté estaba solo, enrollado en la silla en una postura imposible. El sol llevaba un rato sobre el horizonte. Inés me traía unas ciruelas. Sonreía divertida, porque la habitación estaba decorada con sillas colgando de las paredes que no habíamos visto la tarde anterior, y me preguntaba por qué había estado ahí fuera toda la noche.

Hay una curiosa historia que dice que Beethoven fue uno de los afortunados que pudo tocar la Música, pero fue en un momento en el que su sordera estaba muy avanzada y el piano que utilizaba no era lo bastante sonoro, por lo que realmente no fue capaz de escuchar su maravilla. Sin embargo, sí entendió en su genio que había descubierto algo importante, y pasó el resto de su vida buscando volver a tocarla, y la frustración de no conseguirlo agravó durísimamente sus problemas con el alcohol. Algunas versiones de la historia cuentan que, efectivamente, jamás fue capaz de volver a tocarla. Otras cuentan que lo consiguió casi al final de su vida, pero que ocurrió en las mismas circunstancias que la primera vez.

Tras aquél primer encuentro, me enfrasqué en una búsqueda que duraría meses. Sabía que aquello que había escuchado era algo que trascendía a las manos amateur de un guitarrista austriaco, pero no era capaz de encontrar ningún tipo de información sobre Dhvana (de la cual, por aquél entonces, ni siquiera sabía que se llamase así). La razón, como acabaría descubriendo finalmente, era que prácticamente todos los textos relacionados con Ella están en manos de una difusa organización con tintes sectarios conocida como los Sangiiers, aquellos que han escuchado la Música dos veces.

No fue en absoluto sencillo acceder a los registros sangiiritas. Lo primero que aprendí de ellos fue que se consideran a sí mismos elegidos por Dhvana, lo que les convierte en personas muy recelosas con los profanos. "No podemos permitir que alguien se convierta en uno de los nuestros a base de hacer trampas" fue la puerta con la que me encontré demasiadas veces. Pero como en todo gran grupo, siempre hay diferencia de opiniones. Hizo falta tiempo y suerte para encontrarme con un heresiarca shangii que dudase de su propio misticismo y lo achacase el ingreso en el sangriismo a una alegre casualidad. Fue él quien me abrió las puertas a la biblioteca sangriita de Nueva Orleans, una de las cuatro únicas que existen en el mundo y me guió en mi primer viaje por sus pasillos. El edificio, subterráneo, tenía un ambiente de cripta, o de antigua bodega. Húmedo y frío, con paredes de roca y muy poco iluminado, con escasas bombillas mal repartidas y una instalación eléctrica deficiente que se estropeaba con demasiada frecuencia. Solía encontrarme con algunas personas en los pasillos y recovecos, y siempre me miraban con un gesto retorcido de desaprobación, como si a primera vista fuese evidente que yo era un profano. En la sala principal, arriba, sobre el marco de una puerta, había un grabado dorado con las dos reglas fundamentales de Dhvana.

Me convertí en un asiduo al lugar, convencido de que, con paciencia, podría desenmascarar todo el misterio que rodeaba aquella Música. La biblioteca era prolífica y no le faltaban volúmenes. En alguno de ellos (o más bien en la conjunción de todos) debía estar la respuesta que buscaba. Mi primera gran decepción fue comprobar que en ningún lugar existían partituras o indicaciones para tocarla; la segunda, que tampoco disponían de ninguna grabación que pudiese escucharse, y que era impensable encontrar una. Pronto aprendí que de ser posible alguna de las dos cosas, significaría que el hombre podría tener algún control sobre Ella, lo cual iba contra-natura. La primera regla fundamental de Dhvana era, como expresaba el viejo refrán bereber, que la Música no se detenía nunca, es decir, siempre estaba sonando en algún lugar del mundo, no conocía el silencio. La segunda, que jamás sonaba en dos lugares al mismo tiempo. Esto hacía que muchos sangriitas la considerasen como un auténtico ser vivo, con la capacidad de materializarse en donde se le antojase. Resultaba curioso que, aunque no pudiese ser grabada, sí podía ser reproducida en sistemas que permitiesen la grabación; constaban multitud de ejemplos donde Dhvana se había manifestado en discos, casetes, teléfonos móviles, radios y, muy habitualmente, psicofonías. Pero en todos los casos, sonaba una sola vez, y al rebobinar, no volvía a escucharse. Según los documentos que leía, ni siquiera era posible tararearla. La Música era antagónica a la memoria.

Al quinto mes estudiando la Música, empecé a descubrir que aprendía mucho más sobre los sangriitas que sobre Ella. Esa fue mi tercera decepción. La mayoría de los libros allí versaban sobre historia sangriita, o contaban miles de ejemplos de dudosísima credibilidad, acerca de cómo famosas figuras de la historia habían cambiado el rumbo de sus vidas tras escuchar la Música. Aprendí que, dado el misterioso carácter de Dhvana, la mayoría de los sangriitas eran místicos. Algunos la convertían a ella en Diosa, o en espíritu universal, otros hacían malabares para encajarla en un elemento de su propio credo. Profetas, mártires, sabios y santos tenían todos un añadido dhvánico en su biografía. Encontré un documento extremadamente polémico que aseguraba que Jesucristo podía invocarla a voluntad, pues la Música era la palabra de Dios.

Aprendí que existía cierta profecía entre los sangriitas que hablaba de un elegido que escucharía la Música tres veces, y estaba destinado a las mayores hazañas, los mayores poderes y las mayores glorias. Aprendí que el objetivo primigenio de los sangriitas era ayudarse unos a otros en la búsqueda y la comprensión de Dhvana, pero que, en gran parte debido a esa profecía, se habían acabado volviendo aislados y huraños. Nadie quería ayudar al otro a que él pudiese ser el elegido, tampoco querían estar cerca de otros sangriitas, pues eso impedía que la Música se le volviese a manifestar (no podía haber dos elegidos); además, era bien sabido que Dhvana solía tener preferencia por los grupos reducidos de gente.

Leí que existía otro grupo de mísiticos, similares a los sangriitas, pero formado por las personas que habían tocado, cantado, o interpretado de cualquier modo la Música, y que eran aún más cerrados que los primeros y tenían una profecía similar. Me acordé de Eric y de su hermana Olga, y de aquel viaje y de Inés y Clara y de lo mucho que echaba de menos ciertas cosas en mi vida.

Escruté tratados de buenas prácticas, planes de todas las épocas que conspiraban con tomar el poder, teorías que hablaban sobre cómo la Música demostraba los errores del racismo, el clasismo y el sexismo, y toda la humanidad era una hermandad unida bajo un sonido universal. Tratados sobre eugenesia, donde solo los sangriitas tendrían derecho a procrear; tratados sobre el exterminio de la población, hasta que quedase un grupo tan reducido de personas que todos ellos escuchasen la Música a diario; proyectos para la creación de un estado sangriita independiente, libros de brujería, cuántica Musical, musicoterapia dhvánica, planos para construir inmensos artefactos que la detectasen, órdenes de instrumentos más adecuados para tocarla, sociología, morfología, metafísica.

Confirmé, mediante estudios y estadística, que existe más gente tocada por la Música cuya vida no ha cambiado sustancialmente que personas a las que sí. Sin embargo, también me asombré de lo drásticos que eran los cambios en aquellas personas a las que sí les afectaba. No llegué a encontrar un patrón que sugiriese que solo le ocurría a cierto tipo de personas, o que el detonante estuviese en la Música y no en la psicología individual, pero volví a repasar numerosas veces las teorías que hablaban de ella como un ser vivo, divino o no.

Tras ocho meses perdidos, decidí rendirme. Resolví que una asociación heterogénea y endogámica de fanáticos sin más punto en común que una Música que ni siquiera tenían constancia de que fuese la misma para todos, no merecía mi tiempo y mi esfuerzo. No encontraba la forma de estar a gusto allí, juzgado por sus miradas de menosprecio, sin ver la luz del sol y con una humedad que calaba hasta las ideas. Temí que mi obsesión con Dhvana me convirtiese en uno de ellos. Cuando abandonaba el lugar, un hombre ciego me agarró por el brazo y me preguntó si ya desistía. Le aseguré enérgicamente que sí, desde luego. Me respondió de forma pausada que era lo natural, que él habría hecho lo mismo y habría entendido igual de poco si sólo la hubiese escuchado una vez.
"Si tienes la suerte de que vuelva a tocarte, comprenderás todo lo que no pueden enseñarte estos inútiles libros".

 *

La carretera era polvorienta, el sol azotaba con tanta fuerza que hasta los grillos preferían ocultarse en silencio. El sudor corría desde su sombrero, inundándole la nuca y las cejas, corriendo en largos goterones por sus sienes. El polvo que volaba en el aire formaba barro sobre su piel y en su lengua seca. Nada de eso le detiene. La arena crujía armónicamente cuando la pisaba con sus botas. Sostenía la funda de la guitarra con mano firme. A su derecha, un infinito cable de teléfono se multiplicaba con los postes de madera. Matojos pardos poblaban el resto del horizonte. El calor es bueno — pensó para sí — significa que me estoy acercando. Dejó caer una colilla al suelo, que se sumó a las anteriores como únicas huellas de su paso por el camino, y encendió un nuevo cigarrillo.
Vislumbró entre los reflejos del espejismo ondulante la X, el cruce de caminos. Sonrió y apresuró el paso hasta el lugar. El aire traía recuerdos de azufre.
Esa tarde, Robert Johnson fue tocado por Karnadhvanana seis veces seguidas. Sus dedos sangraban cortados por las cuerdas de su guitarra. Aprendió de golpe que no existía un Dios ni un Diablo, que la materia es vibración y todo está supeditado al Sonido. Que tocar es crear. Que su antiguo yo había sido devastado por la Música. Y que desde ese momento, su alma. más grande que nunca, estaba maldita para siempre.



17/9/15

Filoperversiones

3 comentarios

A lo largo de mi vida, no han sido pocas las personas que me han acusado de ser, según sus propias palabras, un pervertido de mierda. En mi defensa diré que esas voces representan solo a los sectores más libertinos de la sociedad. Los más conservadores me han insultado de formas que desafían al diccionario, con construcciones capaces de hacer daño físico en su paso a empujones a través el oído interno, y que por supuesto, y por decoro, no repetiré aquí. Las palabras, no lo olvidemos, pueden ser al mismo tiempo objeto e instrumento de perversión.

Sin embargo, todos ellos se equivocan. Me gustaría que alguien escuchase mi historia desde la imparcialidad de la víctima, antes de que su mente se envenene con toda la suciedad que se vomita sobre mi persona. Todos ellos se equivocan: se quedan cortísimos. Mi historia va más allá de la simple perversión. Y solo una mente pura e inocente se atrevería a calificarlo como tal.

No siempre fue así, desde luego. A lo largo de mi vida me he destacado por ser un caballero de ejemplar educación, y como tal, los orígenes de mi historia son completamente inocentes. Pero, como una bola de nieve, una vez se hubo originado, la perversión consiguió crecer en mi alma sin control, arrasando mi inmaculada moralidad a su paso.

Todo comenzó una sencilla mañana de primavera. Me presenté en casa de mi amigo Flavio para almorzar juntos y discutir sobre la definición, a su juicio errónea, de la palabra pistilo en la Enciclopedia Alternativa del Español Contemporáneo, que yo había tenido el placer de revisar tres años atrás.

Mientras preparaba el café, Flavio aprovechó para mostrarme una modesta colección de sellos que guardaba en dos archivadores sobre un aparador. Lo que al principio me parecía una trivial manía de mi amigo — siempre he considerado toda clase de coleccionismo como un fútil altar al ego materialista — acabó generándome un inusitado interés. Hojeando en aquellas páginas forradas en plástico, pude comprobar que cada sello era único y que poseía su propio significado. Los sellos eran otra cara de la Historia, los significantes de su lenguaje, y entre ellos, con sus bordes ribeteados, formaban un enorme puzzle para cualquier ojo que supiese dónde había de mirar.
Lo que debía haber sido una simple charla metalingüística que yo habría zanjado rápidamente, se convirtió en un hervidero mental que en seguida hizo crecer en mí un anhelo de posesión de esas estampitas de papel. En otras palabras, allí mismo me aficioné a la filatelia. Salí de la casa con cuatro sellos que mi amigo me había regalado, y con el deseo incombustible de reunir la mayor colección que mi modesto sueldo de profesor pudiese permitirme.

El lector avispado ya se estará haciendo una idea de por dónde irán los tiros. No hace falta ser un lince para vislumbrar la perversión que se esconde en aficionarse a lamer el trasero de diversas eminencias, quedándose uno tras el acto con un amarguísimo sabor en la lengua que permanece allí durante horas. Y no solo disfrutar de tan concupiscente hecho, sino además querer enseñarlo, compartirlo e intercambiarlo con otros sujetos que se dedican exactamente a lo mismo. Mas les ruego que no se precipiten en juzgarme y esperen al final de mi historia, aún hay más y peor.

Tres meses después, me encontraba en mi salón revisando las joyas de mi creciente colección, cuando fui consciente de cierta anomalidad estadística, que pronto confirmé como un hecho objetivo: la mayor parte de mi colección la había enfocado, casi sin darme cuenta, en recoger sellos relacionados de alguna forma con la filosofía y sus figuras destacadas. Recordé que me había cruzado con un artículo que abordaba ese mismo tema durante mi revisión de la EAEC, y no tardé en encontrarlo en uno de los ejemplares que yo mismo guardaba. El término de la Enciclopedia era filofilatelia y en aquel momento, lo acogí orgulloso sin imaginarme las nefastas consecuencias que acarrearía.

Fue en una ocasión, compartiendo cama con una de mis alumnas, cuando fui consciente de la primera de esas consecuencias. Por primera vez en mi vida, no conseguía excitarme con el calor, la ternura y la suavidad de una piel joven. Tampoco con su dulce aliento ni la humedad de su flor. Mi mente viajaba inconscientemente a la imagen impresa de hombres barbudos con túnicas blancas y a la rugosa textura del papel, a la curiosa cifra con el precio en uno de los márgenes, y el provocador estampado de Correos.
Tras muchos intentos, tuve que expulsar a la joven de mi cama. La misma suerte sufrieron quienes vinieron detrás; incluso aquellas a las que obligaba a disfrazarse me dejaban completamente frío. Acabé repudiándolas a todas. Pronto mi mala fama empezó a extenderse entre ellas e incluso llegaba a oídos de algunos de mis colegas, a pesar de que yo me desvivía desesperado por desmentir tan desatinados dislates.

Fue en ese momento cuando decidí recurrir a la ayuda de un profesional. Mi psicólogo me informó de que mi mal se llamaba filofilatelicofilia, y que para abreviar, él decía simplemente filofilafilia; lo cual, en vez de aliviarme, me fastidió bastante, pues ya empezaba a cansarme de semejantes malabarismos con las definiciones.También intentó tranquilizarme diciéndome que mi mal no era tan terrible como yo creía, y que mucho menos estaba solo. Todo lo contrario, según prestigiosos estudios de prestigiosos centros asociados a prestigiosas universidades de prestigiosos países, las cifras mundiales se elevavan a nueve casos y medio de filofilafílicos reales. Creo que mi torpe esbozo de sonrisa no convenció demasiado al terapeuta.

Como medida de precaución, decidí condenarme al ostracismo, y alejarme de mis conocidos durante una temporada. Tampoco supuso mucho esfuerzo. Flavio, por ejemplo, me tenía terminantemente prohibida la entrada a su casa y acercarme a su colección de sellos. La mayoría de mis colegas evitaban coger mis llamadas y absolutamente nadie me dirigía una carta; ni siquiera los bancos, con sus sobres prefranqueados.

Los días, y, sobre todo, las noches, de soledad, causan mella hasta en el hombre de voluntad más férrea. Finalmente llegó el día en el que no pude aguantarme más. Recuerdo con cierta vergüenza el momento en el que puse un disco de James Brown en la intimidad de mi habitación, descorché una botella de champagne y coloqué cuidadosamente mi colección de sellos extendida sobre la cama. Cuando eché el pestillo, ya sabía que no había vuelta atrás.
De aquel modo, viví largas sesiones de desenfreno que en conjunto duraron varios días, debido a toda la libido acumulada durante tanto tiempo. Fue una bacanal descontrolada de la que solo fui realmente consciente una vez hubo terminado. Así fue como sin darme cuenta arruiné por completo toda mi colección de eleáticos, la de los empiristas, los existencialistas y casi la mitad de los estructuralistas. Otro efecto secundario imposible de preveer fue que quedaron adheridos a mi miembro viril, restos de sellos que hasta la fecha no he sido capaz de limpiar. Cuando llamé a mi primo Filipo, que es veterinario, para pedirle consejo, me dijo que aquél comportamiento, que hasta el momento sólo había sido observado en algunas especies de aves folívoras, se denominaba falofilofilafilia. Después me colgó violentamente el teléfono.

Por el momento continúo visitando a mi psicólogo todas las semanas. Tiene en su pared varios títulos que le acreditan como experto en esta clase de adicciones. Además sé que se desvive por ayudarme, y yo trato de colaborar con él en todo lo que puedo. Me ha dicho que el tratamiento será muy lento, Yo procuro fiarme de él, pero no puedo evitar la sensación de que no avanzamos en ningún sentido. Hasta ahora, el único resultado visible fue cuando consiguió que, durante el breve periodo de dos días, cambiase mi atracción a los filósofos por atracción a los físicos cuánticos, lo que hizo que mancillase repetidamente la memoria de Bohr, Plank, Einstein, Heisenberg y Schrödinger; amén de la del gato de este último, creándome un terrible trauma temporal de zoonecrozoofilafilia-simultánea para añadir a mi lista de vergüenzas.

También me mandó a ver a un urólogo que pudiese estudiar mi caso desde otro punto de vista. El urólogo me explicó, sin ánimo de ser alarmista, que hacía pocos días había leído en una importante novela erótica que existía una alta probabilidad de que mi mal fuese hereditario. Me citó para relaizar una sencillísima prueba con once meses de lista de espera, y los resultados fueron categóricos: había heredado la condición de mis padres, la cual, por lógica lingüística e imperativo de la novela, pasaba a denominarse filifalofilofilafilia. 

¿Cómo no voy a ser considerado un triste pervertido, si hasta el simple hecho de pronunciar el nombre de mi enfermedad es una de las más desagradables depravaciones conocidas por la humanidad?



3/9/15

Una guarida

7 comentarios

En otra ocasión, por ejemplo, te quedas pensando en los refugiados que vienen a Europa. En cómo son tratados por parte de los gobernantes y de buena parte de la mal llamada "opinión pública". Cómo no se identifican más que como problemas; a veces como interesados; siempre más bajos que los animales. En cómo todo esto es un ejemplo más de que formas parte de un mundo absurdo y psicópata. Y sientes la misma fuerza devoradora de siempre, que crea una bola de alambre de espino en tus entrañas. Quieres pedir auxilio y te sientes como una mierda, por ser tú el siente que necesita auxilio cuando son ellos los únicos que lo necesitan. Y la bola crece y te rasga por dentro, sientes asco y vergüenza por ser parte del problema, por ser europeo, por ser humano, por no ver nada parecido a una solución en un futuro a medio plazo. Por no ser ni siquiera capaz de imaginarla. Y ojalá desaparecer. Ojalá salir corriendo hasta un punto donde eso no te toque, donde no tengas responsabilidad. Pero sabes que huir te tira del cable y te araña más. El alcohol afila sus puntas. Lo más sabio sería quedarse quieto y aguantar estoicamente, buscar alguna forma de ayudar, una propinilla que te limpie el alma: hoy en día todo puede comprarse con dinero.

Coges el móvil y empiezas a tirar de Whatsapp. Mandas mensajes a todas las chicas. "Hey", "Hola", "¿Qué haces?"... No discriminas. Solo buscas alivio temporal entre cualquier par de piernas que quieran abrirse contigo. Hay una respuesta positiva. Te sirves una copa y esperas.

Cuando abres la puerta, ya estás preparado. No te cuesta esfuerzo ocultar la bola de espino con una sonrisa, ni la sangre que resbala por la comisura de tus labios. Le ofreces tomar algo. Ella simplemente te planta un beso y te guía de la mano a tu habitación. Te preguntas si en ese momento ella es igual que tú, si están pasando las mismas cosas por su cabeza, si te ha elegido a ti precisamente por eso. Y tan rápido como llegan, los pensamientos se diluyen en el péndulo de sus caderas. La empujas contra la pared, os besáis y os desabrocháis mutuamente. Sin prisa destartalada, pero sin pausas ni vaciles. La arrojas a la cama, ella queda boca abajo y desordenada. Te espera en esa misma postura mirándote gatunamente por encima del hombro. Terminas de desnudarte y te acercas. Su piel sabe salada, como si sudase lágrimas.

Encuentras cierto alivio, una sensación reconfortante en su forma de buscarte, en su forma de retorcerse, en sus leves gemidos. Te sientes ligeramente trascendente cuando ella tiene un orgasmo, o al menos, dejas de sentirte completamente inútil. Su placer te resguarda del dolor, sus arañazos en tu espalda lo alejan de su epicentro. Casi te sientes en paz. Cuando bajas la lengua hacia sus piernas, te viene momentáneamente la imagen de un avestruz escondiendo su cabeza en un agujero.

Terminas derramándote sobre ella. Entre jadeos mutuos y cayendo sobre su piel húmeda y salina. Y entonces vuelves a sentirlo. El dolor como un inmenso vacío. La bola ha arrancado todo cuanto tenías dentro mientras estabas distraído. La chica se echa a un lado. Tu vacío empieza a llenarse de impotencia, de odio hacia ti mismo, de asco proyectado hacia fuera, de piromanía. Tan frívola tu forma de esconderte... Sales de la habitación, te sientes incapaz de estar con nadie. Vas al baño. Cuando vuelves ella se ha vestido. Te besa y dice que tiene prisa. Una vez más, no estás seguro de si ella y tú sois lo mismo; o si simplemente te ha visto, si ha mirado dentro de ti más allá de toda máscara y es lo que le ha hecho huir. No sabes si ella es tu espejo o un colchón de fakir. Te despides. Ella cierra la puerta. Te sientas en la cama. Querrías salir de ti mismo. Querrías prenderle fuego a tus contradicciones y arder con ellas, pero no te mueves. Mientras tanto, tres adolescentes son disparados por la espalda durante la guerra de Mali.