21/8/18

Descalabro

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Tengo vértigo invertido: miedo a las bajuras.
Un paso más, una roca más, un poco más cerca del final de la montaña.
El paisaje está vivo y se desliza ante mis ojos. No sube, no baja, sólo cambia. Se hincha y se deshincha como un pulmón de granito y caliza. Repercutiendo en blandas oscilaciones que llegan hasta su ladera.
La montaña se olvida de sí, pierde conciencia de ella misma y nunca es la misma de antes.
Es para mí un reto y un deleite navegar con pies de aire a través de ese paisaje multiforme, de esas rocas blanditas de papiroflexia prismática. Cambia la luz y cambian los colores, cada sombra esconde un recoveco o un pilar.
Yo soy una cabra etérea.
Tengo cuernos grises que oscilan con el ulular del viento.
La montaña ondula y yo me doblo para parecerme a ella.
A veces me transpira y me cuelo por entre sus grietas. Acaricio su interior helado.
Mi nariz está fría y se ven las volutas de vapor que desprende.
El interior de la montaña es un glaciar que exuda nimbos de nieve virgen incluso en pleno agosto; que sangra manantiales de un agua fría y escurridiza. Un agua que da vida a quien la bebe y mata a quien la toca. Un agua que sabe bajar por los riscos por los que yo no sé subir. Que encuentra los caminos ocultos de la intimidad de la montaña. Y que fluye por la ladera, cambiando el paisaje, con grietas y meandros. Agotándola aquí e hinchándola allá. Dotándola de un movimiento, como si fuese un motor hidráulico.
Un movimiento del que ella misma se beneficia.
Alimenta burbujas de pasto que esconden agujeros inmensos.
Cubre de escarcha las zonas resbaladizas.
Da vida a los guijarros que huyen despavoridos de cualquier lugar en el que uno posa la mirada.
Hincha y deshincha la montaña, como un pistón imprevisible, colocando su copa en los lugares más inesperados.
Transforma los valles en pináculos y los montículos en cuevas oscuras.
Y en ese baile fluido de roca y agua, yo encuentro una ascensión respiratoria. Sin prisa pero sin pausa. Un impulso en cada sístole. Un rincón aéreo persiguiendo los últimos rayos del sol poniente, que sin respiración, ni frío, ni fluidez, avanza implacablemente hacia el otro lado del mundo. Huyendo su luz del valle, hacia la cumbre, donde no hay ni piedra, ni agua, ni hielo, ni noche. Donde no queda nada que respire.
Un lugar, que, con suerte, yo podré alcanzar finalmente y, por unas horas, hundir con fuerza mis cuernos de cabra.



4/7/18

Un gato verde

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Anoche volvía del teatro por el camino de siempre. La ciudad iluminada con la tenue luz de las farolas de un jueves de primavera que parece un martes de febrero. Dos manzanas antes de mi casa doblé la esquina y atajé por un pequeño pasadizo, por donde casi nunca pasa nadie, y ahí, justo en medio, me encontré con el gato verde.

El verde es el color de la suerte, pero la suerte puede ser buena o mala. Por eso es también el color de la esperanza: suerte y esperanza van siempre cogidas de la mano. La esperanza se deposita sobre la suerte, y la suerte se alimenta de la esperanza, la utiliza para atraer a los incautos y jugar con ellos.

El gato no se inmutó con mi presencia. Siguió lamiéndose la pata delantera durante unos minutos. Me acerqué con precaución, debatiéndome sobre cuál sería mi próximo paso. Si bien es cierto que un encuentro con un gato verde es algo único y maravilloso, también lo es que muchos de los que se acercan a ellos con avaricia terminan con sus destinos truncados. A la suerte no se le exige; la suerte concede… o no.

Fue el gato el que tomó la iniciativa y empezó a caminar. Todavía no me había dirigido una sola mirada. A pesar de ello, entendí su avance como una invitación y comencé a seguirle. Se movía a paso ligero, siempre por calles vacías de peatones. Si pasaba algún vehículo ocasional, el gato se escondía bajo un coche o en el hueco de una alcantarilla.

Sentía una mezcla de excitación y miedo. No sé cuántas calles recorrimos, cada vez había menos luces encendidas en las ventanas. Procuraba mantener siempre una distancia de unos dos metros con el gato para no asustarle o provocarle, y me movía haciendo el mínimo ruido, sin movimientos bruscos.

Algunas veces, en alguna intersección el gato se detenía, quizá observando, quizá esperando. En esos momentos sentía la necesidad de acercarme por fin a él y tocarlo con una caricia. Al fin y al cabo, dicen que la suerte recompensa a los valientes. Pero también es cierto que es orgullosa y gusta de arrastrar al fango a todo aquel que se atreva a levantar su cabeza por encima de la de ella. Juzgué además que el estar siguiendo a aquel animal por innumerables calles desconocidas era en sí un acto de valentía. Hacía tiempo que estaba en su territorio, perdido, dejándome caer en una posible trampa, convirtiéndome a sabiendas en su pasatiempo.

Pensé que la relación entre suerte y esperanza es desigual. La esperanza no podría existir si no existiese la suerte, pero incluso cuando se ha perdido toda esperanza, puede aparecer un golpe de suerte. La esperanza, además de verde, es blanca, pero la suerte tiene miles de caras. La esperanza es siempre un poco egoísta, uno espera que se cumplan sus propios deseos; la suerte es neutral, pero mucho más perversa.

Llegamos a un solar arenoso. El gato se subió a un montículo de escombros y fue la primera vez que me miró. Sus ojos eran de color naranja intenso, y su fulgor me trajo cierta paz. Quizá la neutralidad sea en esencia más perversa que la subjetividad. El gato dio media vuelta y con tres saltos ágiles escaló el muro. Cuando llegué a asomarme, ya había desaparecido de mi vista. Sería una locura intentar buscarlo ahora.

Volví al montículo de escombros. Bajo el lugar donde me había dirigido aquella mirada, encontré un cigarrillo atado con un lacito rojo. No tenía mechero ni cerillas a mano, y pensé que sin duda alguna el gato sabía ese detalle. Me dirigí de vuelta a casa. Era ya muy tarde y no se veía un alma; las ventanas de todas las casas estaban sin luz. Caminaba con el cigarro apagado en la boca como en un acto reflejo, aún con su lazo atado. No me sentía especialmente estúpido por aquel extraño paseo, había sido un viaje nocturno, sin recompensa tangible, pero pensaba en aquellas horas perdidas como una experiencia. Quizá todo el periplo valía la pena por haber visto esos ojos naranjas.
Dos manzanas antes de mi casa, doblé la esquina y entonces lo vi: las calles ardían con un incendio inextinguible.


13/6/18

Caridad

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Recibo una llamada de mi madre durante mi clase de teatro. Tengo el móvil en silencio y la llamada se va tan desapercibida como ha llegado. Poco después, en el descanso, veo la perdida. No me hace falta nada más que esa perdida para entender todo lo que ha pasado. Mi madre y yo habíamos hablado justo la noche anterior. Tu abuela está enferma; de momento no hay nada por lo que preocuparse, pero que lo sepas. De esta conversación hace menos de doce horas. Devuelvo la llamada y es así como recibo la noticia, semidesnudo, con el cuerpo y la cara manchados de pintura, de espuma de afeitar, de aceite y de trozos de plástico de pintor y de papel higiénico pegados por el cuerpo. Lo primero que pienso es que no he tenido tiempo de despedirme como me habría gustado. O quizá ese es el primer pensamiento racional, pero muchos otros pasan por mi mente sin que pueda registrarlos. Me viene después una frase de una obra de teatro que había visto hace poco: “La muerte es cutre”. La noche anterior, durante la conversación con mi madre, había comprendido que era probablemente en este momento, en las vísperas de su centésimo cumpleaños, que se iba a iniciar ese largo periodo de idas y venidas al hospital, de informes médicos, de pronósticos confusos, que ya hemos vivido otras veces y que constituyen un lento camino de descenso en la vida de una persona, del que uno se recupera un poco, pero del que no va a remontar del todo. Esto puede ser cosa de unas semanas o de unos años. Por eso mi primera sensación al saber que apenas habían sido horas, es de confusión. No entiendo que se haya ido así, de la noche a la mañana. Era una posibilidad que no estaba contemplada. Es un leit motiv que se repetirá en los próximos días con toda la familia. Todos dábamos por hecho que cumpliría los cien años, que al menos aguantaría esas tres semanas. Como una especie de ley universal, nadie se había planteado que pudiese ser de otra manera. Por eso, cuando pienso en que no he podido despedirme, más que rabia, más que impotencia, lo que siento es confusión. Y creo que la confusión es otro de los leit motiv que se repiten estos días. Podemos expresar con palabras lo que ha sucedido, pero no llegamos a entenderlo. La confusión es como un sustrato que nos empapa y se cuela en nuestros gestos y conversaciones. Quizá es la confusión uno de los pocos lugares lógicos desde donde hablar de la muerte. Y así como estoy, semidesnudo, pintado y sentado en unas escaleras, con otro montón de actores en el mismo estado que yo, subiendo y bajando con materiales de limpieza, la primera sensación que tengo es la incapacidad de asirme a una emoción o una reacción conocidas, la incapacidad de pedir ayuda. “La muerte es cutre”. En la obra además de cutre, decían que era terrible, inesperada, oscura… pero fue la palabra cutre la que de algún modo se me quedó agarrada. Y esa cutrez mortuoria es otro de los pensamientos que parecerán empeñados en reafirmarse durante los próximos días, con un matiz que se irá solidificando: lo  cutre de la muerte es, además, un vehículo para su sentido del humor.

La primera frase que me dice alguien cuando vuelvo al ensayo es que me ve triste, pero que no me preocupe, que todo tiene solución menos la muerte. Poco más de dos horas después, un antiguo profesor me dice que tengo cara de que se me ha muerto alguien.

En el último par de meses he visto bastantes obras de teatro que tenían que ver con la muerte, un par de documentales, una exposición de fotografía y una conferencia sobre esa exposición, he leído sobre ella en Beauvoir y la he visto en película de Bergman, y después he visto vídeos de Bergman hablando de la susodicha película. Yo mismo me he llevado la muerte al teatro, llevo meses rodeándome de la idea de la muerte. Recuerdo constantemente una frase de mi monólogo: “Pensé en la muerte de mi madre y mi madre murió”. Llevo meses rodeándome de la idea de la muerte. 

De pequeños, mi hermano no sabía decir la palabra “abuelita”, así que él y yo la llamábamos Bolita.
El camino de vuelta del tanatorio lo paso entero dándole la mano a mi madre, ella en el asiento del copiloto, yo en el trasero. Ella dice que los tanatorios se han convertido en un evento social horrible. Creo que nunca habíamos estado tanto tiempo así cogidos de la mano. Descubro con ella una unión especialmente íntima. Hay una especie de sensibilidad, un amor que nace de la necesidad de rellenar el vacío que deja la ausencia de otra vida.

Bolita me cogía la mano con fuerza cuando hablábamos. Siempre hablaba de lo orgullosísima que estaba de su prole. Aquellas manos eran impresionantes. Siempre que hablaba con ella sentía la necesidad de fotografiarlas. Decía que estaba orgullosísima de su prole, pero que de entre todos los nietos que tenía, había algunos favoritos, y yo era de ellos.

A pesar de todo, en el tanatorio me reencuentro con personas con las que hacía años que no hablaba, y tengo algunas conversaciones muy divertidas con propios y extraños. Nos reímos bastante. Hay latas de bebida y sándwiches. Esta reunión familiar es en cierto modo como la fiesta de centenario que no llegamos a celebrar. La abuela nos vuelve a reunir a todos y eso es algo de lo que siempre presumía. Probablemente ahora sonreiría si nos viese a todos juntos.

El entierro se hace en la parte más antigua del cementerio de la Almudena. La mayoría de las lápidas están decentes, pero todo lo demás es una ciudad en ruinas. Los caminos llenos de baches y barro, las escaleras desconchadas, los muros medio caídos y reforzados con redes de alambre, trozos de estatuas y columnas por el suelo, un mausoleo apuntalado con vigas de madera. Personas que te saludan con un “¿Cómo estás?”. La muerte es cutre. Dentro de la tumba están también las cenizas de Jorge y Andy. Los operarios de la funeraria dicen “con su permiso” antes de realizar cualquier movimiento. Con su permiso voy a entrar. Con su permiso coloco aquí las cenizas. Con su permiso coloco las flores que usted me da. Mi tío dice algo sobre lo fascinante que es el sonido de la lápida al cerrarse. Otro de mis tíos comenta algo sobre los procesos de incineración que le dijeron a él el día anterior, y que son la causa de que no pueda incinerarse y enterrarse a una persona el mismo día. Es un momento triste, y al mismo tiempo hay cierta sordidez en la forma que tiene cada uno de atravesar esto de la mejor forma posible. Creo que es ahora cuando la confusión se hace más fuerte y campa a sus anchas entre todos nosotros. Vuelvo a recordar a Beauvoir: “Comprendo todas las últimas voluntades, como también que no exista ninguna”. Los enterradores no dicen nada.

Mi relación con ella está inevitablemente teñida por la relación de mi madre con ella. Me sentía más cercano o menos a mi abuela según cómo se portase con mi madre, y cómo se sintiese mi madre con ella. Sé que en este momento siente un cariño muy profundo hacia ella, y una enorme pérdida. Y lo sé porque yo siento lo mismo.

Es una teoría que no me creo ni yo, pero resulta reconfortante pensar que nuestros muertos se quedan una temporada por aquí y nos ayudan en las pequeñas cosas: algo que se nos ha roto, un examen, encontrar algo que se había perdido… No hacen ningún milagro, sencillamente nos tienden su mano. Una mano para lo cotidiano, un abrazo, un pequeño empujón. Nos cuidan de una forma etérea antes de dejar de hacerlo del todo.

Todo lo irrecuperable que se lleva una persona en el momento de su muerte. Todas las cosas que podría haber aprendido aún de ella, todas esas historias, esa esencia que es suya y solamente suya. Quiero pensar que se habría reído con cómo se han ido sucediendo muchas de estas cosas, que se habría sacado humor de muchas de las cutreces asociadas a su propia muerte, y que incluso la habrían hecho sentir especial, que ella no se muere como cualquier otra persona, que hasta en ese final suyo ocurren cosas únicas, aunque no sean glamurosas; pero tampoco lo necesita.



5/4/18

Satimar

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El caos empezó a brotar el 27 de febrero. Aproximadamente. Quizá empezó antes y no llegamos a notarlo hasta entonces; quizá incluso empezó más tarde, y lo empezamos a anticipar ese día. En cualquier caso, tomamos el 27 de febrero como fecha de referencia. Ante el caos hay que armarse con constantes. 

Todo comenzó con pequeños brotes que iban creciendo a los lados de los pasillos, y trepaban por las paredes como una leve enredadera de luz pálida y tenue. El primer síntoma fue descubrir pequeños objetos que iban almacenándose en los lugares donde el caos había florecido. Un mechero, el eslabón de una cadena, pedacitos de algodón, pétalos de rosa, un reloj de pulsera. Objetos que no pertenecían al pasillo, pero que podían resultar útiles más adelante y tampoco parecía sabio tirar. Ya se sabe: nunca se sabe.

Toleramos al caos como un inquilino más. No puedo negar que la mayoría de nosotros sentíamos cierta atracción perversa en ver cuánto podía crecer, hasta dónde podía desarrollarse sin la intervención humana. En medio de la rigidez social de la ciudad, era inevitable sentirnos fascinados por esos pequeños vestigios de naturaleza.

Llegaron las polillas y se posaron en todas partes. Cada vez que se abría una puerta o se cruzaba un pasillo, salía una de ellas de algún lugar, daba unas vueltas en círculo y volvía a desaparecer por otro lado. Marian, la pequeña, miraba fascinada a las polillas y decía “Mira, somos afortunados porque tenemos mariposas dentro de nuestra casa”. Y los demás la mirábamos a ella y sonreíamos condescendientes, sin atrevernos a decir nada. Sólo Mara respondía de vez en cuando con ese tono irónico suyo, diciendo que así al menos los huracanes ocurrirían en el otro lado del mundo.

Se rompían tazas y copas de vino, y los espacios que dejaban eran ocupados por pequeñas ramitas de caos, que germinaban en botones de camisa, confeti o rollos de cinta. El pasillo, a su vez, se iba llenando de objetos más voluminosos. Marcos de cuadros, grandes muñecas, una diana de dardos, cuerdas y libros, revistas de moda, folletos de Ikea, un arco de violoncello, una máquina de escribir. Empezaba a hacerse complicado avanzar por según qué lugares y alcanzar algunos armarios y estanterías.

Fue Marco el primero que se aventuró a desbrozar, a intentar arrancar algo de la maraña y descubrir que el caos estaba completamente arraigado en nuestra casa y que sus raíces eran fuertes y profundas. El caos se había convertido en una parte de nuestro hogar a la que ya no podríamos renunciar.

Organizamos reuniones de emergencia para buscar soluciones. Pensamos en ocultar todo el asunto a los más pequeños, pero de alguna forma, ellos ya sabían, sabían antes que nosotros, comprendían de un modo intuitivo. Decidimos organizarnos en turnos para que siempre hubiese alguien desbrozando las partes más salvajes del caos y garantizar que hubiese siempre algún caminito por el que pasar de una habitación a otra. A veces había suerte y el propio caos proporcionaba algunas herramientas útiles. Cortábamos las ramas y arrancábamos raíces en equipos de dos o tres, mientras que otro equipo se encargaba de apilar los objetos en columnas tambaleantes que después apuntalaban.

También procurábamos hacer inventario de todo ello, para poder recuperar algún objeto concreto que pudiésemos necesitar en otro momento. Apenas había espacio libre, así que cuando alguien tenía que pasar, había que parar todo el trabajo, retirarnos y volver a entrar. En esos momentos el caos nos ganaba algo de terreno, y era necesario esforzarse el doble para recuperar el espacio perdido, mantenerlo siempre a raya.

Se rompían bombillas y se levantaba el suelo de los parqués. Se rompían tuberías y se formaban pequeños riachuelitos, con zonas de rápidos y meandros que seseaban entre los objetos de los pasillos, y desaparecían bajo tierra en una habitación y reaparecían de nuevo en otra.

Las polillas se multiplicaron. Cubrían las puertas, las paredes, todas las superficies. Encendíamos velas o ramitos de lavanda para mantenerlas alejadas. Algunos se cubrían con sábanas a la hora de dormir por miedo a que se les posasen encima. Cubiertos el cuerpo y la cara, daban el aspecto de momias. Las polillas se escondían entre los entresijos del caos y brillaban un poco por las noches. El caos se hizo con el vestíbulo y parte de la puerta principal, recubriéndola entera con su follaje. 

Resultaba casi imposible salir a la calle. Había que hacer ente todos un tremendo esfuerzo colaborativo cada vez que alguien tenía que salir. También teníamos miedo de que alguien que saliese no pudiese volver a entrar luego. De modo que las salidas a la calle se limitaban a lo estrictamente imprescindible, y cada vez éramos más severos a la hora de aceptar algo como imprescindible.

Llegaron los pájaros. Gorriones en su mayoría. Fue un alivio, porque se alimentaban principalmente de las polillas. Construimos algunas pajareras, pero ellos prefirieron vivir en las ramas. Un día encontramos un nido de golondrinas en una ventana, y nos causó gran alegría, porque hasta ahora no habíamos visto golondrinas por ningún lugar de la casa. 

Marina empezó a liderar pequeños grupos de exploración a lo profundo del caos. Algunos de nuestros desbrozadores más expertos iban con ella. Los exploradores volvían siempre con historias sobre las partes más antiguas de la casa, los primeros lugares invadidos por el caos que ahora tenían el aspecto de ruinas vetustas, y que estaban habitados por vegetaciones de caos que resultaban imposibles de describir, y por fauna que no conocíamos en la parte civilizada. A parte de las maravillosas historias, los exploradores rara vez traían algo de valor. Los exploradores pasaban cada vez más tiempo en la naturaleza. Marina terminó formando un pequeño campamento de avanzadilla, y los exploradores tardaban meses en volver, y se mostraban huraños en contacto con nosotros.

Nos adaptamos a la vida del caos. Finalmente se consiguió arrebatarnos la puerta. Creó una empalizada que era imposible de atravesar. Ni todos nosotros a la vez haciendo uso de nuestras mejores herramientas pudimos arrancar todas las ramas. Ni los colchones, la lámpara, la escalera, los sacos de arena o el caballito de juguete. Tuvimos que resignarnos y observar en silencio cómo las ramas se fortalecían, acorazándose entre los goznes de la puerta, petrificándose. Una voz silenciosa nos recordó a todos que Mario se había quedado fuera.




29/1/18

Variaciones Abuela

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La lluvia golpea con fuerza los cristales del coche. Mamá nos lleva a ver a la abuela. A Pedro le gustan estas visitas, a mí no. Mamá siempre me dice que estas visitas le dan mucha vida a la abuela, y me acaricia la mejilla con el dorso de la mano. Mamá aparca, se gira hacia el asiento trasero y nos mira con sonrisa complaciente. No quiero salir del coche. Pedro empieza a cantar con entusiasmo infantil. Mamá me lleva a rastras hasta el portal de la abuela, a rastras a lo largo de los cinco pisos sin ascensor, hasta llegar a la casa. Antes de entrar, mamá me da un pañuelo para taparme la nariz y la boca. El olor es insoportable. La abuela está en el sillón con rostro desencajado. Mamá dice que la abrace. Mis dedos se hunden en el moho y la piel descompuesta, se confunden con los gusanos.

La lluvia golpea con fuerza los cristales del coche. Mamá nos lleva a ver a la abuela. A Pedro le gustan estas visitas, a mí no. Mamá siempre me dice que estas visitas le dan mucha vida a la abuela, y me acaricia la mejilla con el dorso de la mano. Mamá aparca, se gira hacia el asiento trasero y nos mira con sonrisa complaciente. No quiero salir del coche. Pedro empieza a cantar con entusiasmo infantil. Otras voces infantiles se van uniendo a su canto. Mamá me lleva a rastras hasta el portal de la abuela, a rastras a lo largo de los cinco pisos sin ascensor, hasta llegar a la casa. Entro yo solo en la habitación. Son cuatro paredes cubiertas de espejos. En el suelo hay una vela y un cuchillo.

La lluvia golpea con fuerza los cristales del coche. Mamá nos lleva a ver a la abuela. A Pedro le gustan estas visitas, a mí no. Mamá siempre me dice que estas visitas le dan mucha vida a la abuela, y me acaricia la mejilla con el dorso de la mano. Mamá aparca, se gira hacia el asiento trasero y nos mira con sonrisa complaciente. No quiero salir del coche. Pedro empieza a cantar con entusiasmo infantil: “Un dedito, un añito”. Mamá saca La Herramienta. Me aferro al asiento todas mis fuerzas, con todas las fuerzas que me permiten los tres dedos que me quedan. “Un dedito se comió la abuela, un añito más vivió”.  

La lluvia golpea con fuerza los cristales del coche. Mamá nos lleva a ver a la abuela. A Pedro le gustan estas visitas, a mí no. Mamá siempre me dice que estas visitas le dan mucha vida a la abuela, y me acaricia la mejilla con el dorso de la mano. Mamá se gira hacia el asiento trasero y nos mira con sonrisa complaciente. El coche va cada vez más rápido. Se acerca una curva.

La lluvia golpea con fuerza los cristales del coche. Mamá nos lleva a ver a la abuela. A Pedro le gustan estas visitas, a mí no. Mamá siempre me dice que estas visitas le dan mucha vida a la abuela, y me acaricia la mejilla con el dorso de la mano. Mamá aparca, se gira hacia el asiento trasero y nos mira con sonrisa complaciente. No quiero salir del coche. Pedro empieza a cantar con entusiasmo infantil. Mamá me lleva a rastras hasta el portal de la abuela, a rastras a lo largo de los cinco pisos sin ascensor, hasta llegar a la casa. La abuela al verme me da un abrazo enorme. Su piel es blanda y arrugada. Beso su mejilla y la abuela me aprieta con fuerza, haciendo presión en el beso. Poco a poco, noto como su piel blanda cede y mi cara se cuela entre una de sus arrugas, su piel rodea toda mi cabeza, mis hombros, mi cuerpo entero entra a través de la grieta blanda. Todo está oscuro.

La lluvia golpea con fuerza los cristales del coche. Mamá nos lleva a ver a la abuela. A Pedro le gustan estas visitas, a mí no. Mamá siempre me dice que estas visitas le dan mucha vida a la abuela, y me acaricia la mejilla con el dorso de la mano. Mamá aparca, se gira hacia el asiento trasero y nos mira con sonrisa complaciente. Después sale a casa de la abuela y nos deja a Pedro y a mí solos en el coche. Pasan las horas, pasan los días. Mamá nunca vuelve.

La lluvia golpea con fuerza los cristales del coche. Mamá nos lleva a ver a la abuela. A Pedro le gustan estas visitas, a mí no. Mamá siempre me dice que estas visitas le dan mucha vida a la abuela, y me acaricia la mejilla con el dorso de la mano. Mamá aparca, se gira hacia el asiento trasero y nos mira con sonrisa complaciente. No quiero salir del coche. Pedro empieza a cantar con entusiasmo infantil. Mamá me lleva a rastras hasta el portal de la abuela, a rastras a lo largo de los cinco pisos sin ascensor, hasta llegar a la casa. La abuela nos reparte un papelito a cada uno, con algo escrito. Esta semana, a Pedro le toca ser la abuela, a la abuela le toca hacer de mí, a mí me toca hacer de Pedro y a mamá le toca ser abuela también. No hay mamá esta semana. Empiezo a cantar con entusiasmo infantil.

La lluvia golpea con fuerza los cristales del coche. Mamá nos lleva a ver a la abuela. A Pedro le gustan estas visitas, a mí no. Mamá siempre me dice que estas visitas le dan mucha vida a la abuela, y me acaricia la mejilla con el dorso de la mano. Mamá aparca, se gira hacia el asiento trasero y nos mira con sonrisa complaciente. No quiero salir del coche. Pedro empieza a cantar con entusiasmo infantil. Mamá me lleva a rastras hasta el portal de la abuela. Nos da una bolsa de cacahuetes a cada uno, tenemos quince minutos para dárselos a la abuela a través de los barrotes. Pedro se emociona tanto que se olvida de pelarlos, y los lanza siempre con fuerza. Los cacahuetes rebotan en la cara de la abuela.

La lluvia golpea con fuerza los cristales del coche. Mamá nos lleva a ver a la abuela. A Pedro le gustan estas visitas, a mí no. Mamá siempre me dice que estas visitas le dan mucha vida a la abuela, y me acaricia la mejilla con el dorso de la mano. Mamá aparca, se gira hacia el asiento trasero y nos mira con sonrisa complaciente. Después se va y nos deja a Pedro y a mí solos. Pedro, mi padrastro, sonríe y coloca su mano sobre mi colita. Su bigote hace ese gesto raro. Dice: “Hoy nos vamos a divertir”.

La lluvia golpea con fuerza los cristales del coche. Mamá nos lleva a ver a la abuela. A Pedro le gustan estas visitas, a mí no. Mamá siempre me dice que estas visitas le dan mucha vida a la abuela, y me acaricia la mejilla con el dorso de la mano. Mamá aparca, se gira hacia el asiento trasero y nos mira con sonrisa complaciente. No quiero salir del coche. Pedro empieza a cantar con entusiasmo infantil. Mamá sale para sacarme a rastras del coche. Veo como la lluvia golpea a mamá con fuerza. Partes de su piel empiezan a desprenderse. Trozos de carne son arrancados con cada gota. Sus orejas. Sus brazos. Caen al suelo hechos pedazos.

La abuela golpea con fuerza los cristales de la abuela. La abuela nos lleva a ver a la abuela. A la abuela le gustan estas visitas, a mí no. La abuela siempre me dice que estas visitas le dan abuela a la abuela, y me acaricia la abuela con el dorso de la abuela. La abuela aparca, se gira hacia la abuela trasera y nos mira con sonrisa de Mamá.

La lluvia golpea con fuerza los cristales del coche. Mamá nos lleva a ver a la abuela. A Pedro le gustan estas visitas, a mí no. Mamá siempre me dice que estas visitas le dan mucha vida a la abuela, y me acaricia la mejilla con el dorso de la mano. El coche se detiene en un semáforo. Bajamos a hurtadillas mientras el humano que conduce está distraído.

La lluvia golpea con fuerza los cristales del coche. Mamá nos lleva a ver a la abuela. A Pedro le gustan estas visitas, a mí no. Mamá siempre me dice que estas visitas le dan mucha vida a la abuela, y me acaricia la mejilla con el dorso de la mano. Mamá aparca, se gira hacia el asiento trasero y nos mira con sonrisa complaciente. No quiero salir del coche. Pedro empieza a cantar con entusiasmo infantil. Mamá me lleva a rastras hasta el portal de la abuela, a rastras a lo largo de los cinco pisos sin ascensor, hasta llegar a la casa. La abuela nos saluda. “Hola Pedro, hola Gustavo”. Me siento desorientado. “Me reconocéis, ¿verdad?” No sé quién es esa mujer. “Soy yo, la abuela”. Nos sonríe, pero es como si hubiese una nube en su rostro. Mamá nos mira con compasión y lágrimas en los ojos. “¿De verdad que no me reconocen?”.

La lluvia golpea con fuerza los cristales del coche. Mamá nos lleva a ver a la abuela. A Pedro le gustan estas visitas, a mí no. Mamá siempre me dice que estas visitas le dan mucha vida a la abuela, y me acaricia la mejilla con el dorso de la mano. Mamá aparca, se gira hacia el asiento trasero y nos mira con sonrisa complaciente. No quiero salir del coche. Pedro empieza a cantar con entusiasmo infantil. Los cánticos se multiplican cuando entramos en el templo. Todo es de piedra azulada, oscuro y frío. Los techos son amplísimos y parecen infinitos. Centenares de personas encapuchadas cantan, encienden cirios y los dejan delante de la abuela. Ahora está dormida. Mide más de treinta metros, tiene siete cabezas y millares de apéndices de distintas formas enroscados en su cuerpo. La gente se postra ante ella. Poco a poco la abuela abre un ojo. Los cánticos se exaltan, pero el terror es palpable entre la gente. El ojo es de color violeta, eso significa que la abuela demanda un sacrificio.


 Otras variaciones abuela:

Cinzia Bagni:
 
La lluvia golpea con fuerza los cristales del coche. Mamá nos lleva a ver a la abuela. A Pedro le gustan estas visitas, a mí no. Mamá siempre me dice que estas visitas le dan mucha vida a la abuela, y me acaricia la mejilla con el dorso de la mano. Mamá aparca, se gira hacia el asiento trasero y nos mira con sonrisa complaciente. No quiero salir del coche. Pedro se esconde algo en la chaqueta. Mamá me lleva a rastras hasta el portal de la abuela, a rastras a lo largo de los cinco pisos sin ascensor, hasta llegar a la casa. La abuela sentada en la mecedora se mueve con el tic tac de reloj. Pedro se le acerca y saca un sacudidor de alfombra y la golpea; mil plumas coloridas soplan de ella como si fuera un almohada. Afuera la lluvia golpea fuerte la ventana, dentro la lluvia de plumas cae ligera sobre Pedro cortándolos en mil pedazos. El suelo lleno de Pedro en confeti, plumas coloridas y mermelada de fresa. ¡Hoy es carnaval en casa de la abuela!